Thursday, August 14, 2014

40 años después

Mis padres se casaron en una capillita diminuta de Martínez, Santa María de La Lucila, que en realidad pienso que es La Lucila porque es a unas cuadras de Paraná que es sabido es la calle que divide una localidad de la otra. Santa María de La Lucila está en el medio de una placita, tiene un jardín en el que en esos tiempos (hace 50 años) podías hacer la fiesta y es una construcción “simple y austera” según las palabras de mi madre. Supongo que Toti accedió a casarse ahí a pedido de ella y ella lo habrá pedido para que sus padres no le rompan demasiado. 
Mi madre tenía puesto un vestidito de broderie mini (en esa época las chicas se casaban en minifalda) que nunca vi en foto pero usaba para disfrazarme de chica. De líneas simples y austeras como la capilla en la que se casó, creo que terminó reciclado en otra cosa. 
Tampoco hay fotos de la fiesta; sí una filmación desaparecida ya que los cameramen que mi padre (el director de cine) había contratado para la ocasión, se empedaron y perdieron las tortas (de película, no de boda). Y así fue que nunca vi ni una foto ni una película del evento. Es todo un cuento que tengo en mi cabeza y retazos de un vestido de broderie con el que jugaba.
Mi madre eligió la misma capilla para bautizarme, 10 años después, cuando yo era bastante grandecita. En las fotos ya tengo rulitos dorados y zapatos pequeñísimos con agujeritos en el frente. Y cara de terror. 
Mi madre me dice que mientras volvía de una reunión en Olivos ayer, pasó por la puerta de Santa María de La Lucila y decidió entrar unos 40 años después. Parece que el lugar sigue igual, la misma austeridad, las mismas paredes blancas. Dice que se sentó un rato, pensó en lo que había pasado ahí tantos años atrás, en los que ya no estaban, agradeció otro tanto (no es una mujer religiosa) y caminó el resto del camino hasta su casa. 40 años después.

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Thursday, February 28, 2013

El cuartito de abajo del todo


En mi casa de Olivos teníamos un cuarto que se llamaba el “cuarto de costura” en el que nadie cosía (o rara vez) y dos que se llamaban “el cuartito de abajo” y el “cuartito de abajo del todo”.
Había dos jardines en barranca hacía las vías y el río;  el cuartito de abajo requería una única bajada de escalera para llegar, era luminoso y daba al primer jardín. Ahí tenía mi pizarrón de jugar a la maestra y varias muñecas sentadas para adoctrinar. Al segundo se llegaba bajando otra escalera, de ahí su de abajo del todo. Nada podía bajar más que eso. El cuartito de abajo del todo era húmedo y oscuro, con todo un jardín creciéndole encima y yo no me animaba a bajar si ya no había sol. De hecho, aún de día era un lugar de expedición con una llave imposiblemente difícil de maniobrar. Se guardaban cosas viejas o esos milagros comerciales con los que se entusiasmaba mi padre como unos ventiladores de techo de hierro forjado y tulipas de cristal esmerilado que hizo traer de no sé dónde, con aspas con esterilla y un peso incalculable. “Esos ventiladores de mierda que ocupan tanto lugar” creo que pasó a bautizarlos mi madre. También estaba la cabina inglesa de teléfono, doscientos millones de carpetas escolares mías como un pequeño “Archivo General de La Hija Unica” (no creo que nadie guardase tanta cosa con más de un hijo), dos caballetes de pintura de mi madre cuando dejó de pintar y una alfombra persa hecha un gran rollo. Cualquier cosa que llegaba tan bajo en la estructura hogareña estaba irremediablemente sujeta al olvido como mi madre y su pintura.
La casa vecina a la nuestra tenía el mismo cuartito de abajo del todo y el hijo mayor, cuando fue adolescente y yo era todavía muy chiquita, decidió mudarse ahí abajo e instalarse en lo que muchos años después comprendí era el sueño del bulo propio.
Me dio pena, pobrecito pensé, era obvio que entraría en el olvido familiar. Porque nada ni nadie volvía del cuartito de abajo del todo. Ahí quedaba. Húmedo y olvidado.

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Wednesday, February 20, 2013

La vereda de Alberdi


En el verano, como anochecía más tarde y había luz en las calles hasta bien entrada la noche (la noche de los 8 años, que serían más o menos las 9) yo tenía permiso de quedarme afuera más tiempo. Quedarme afuera era callejear, no mucho más lejos que unas dos cuadras, de hecho hasta la vereda de Alberdi 651 donde vivía mi amiga Sofía. Y no era tanto callejear sino más bien veredear y en patines. Todavía no eran los rollers en línea que tuve muchos años después sino esos especímenes ruidosos de ruedas naranjas y metal que te atabas a la zapatilla con la misma fuerza que tenías que ajustar un recado, pegándole un fuerte tirón final para asegurarte que ahí quedase antes de engancharlo debajo de la misma tira. Mi amiga Sofía en cambio ya tenía unas botitas blancas con ruedas amarillas que le habían traído de Estados Unidos, todas acordonadas hasta bien por arriba del tobillo con las que yo soñaba. Eran lo más parecido a un patín sobre hielo y mucho más femeninos y rápidos que los otros. Como buena hija única y mujer me las ingenié para que el mensaje llegase a destino. Un tiempo después, en un regalo de cumpleaños, vinieron los más cotizados: unos patines con zapatilla incorporada. No eran exactamente la blanca botita de bailarina con la que yo soñaba pero calificaban como bastante cancheros. Eran una botita sí, pero de básquet amarilla y azul de gamuza con la misma lógica de freno que los naranjas, freno grande en la parte de adelante y todavía las ruedas en paralelo.
–Mucho más cancheros.
A mi viejo siempre le gustaron las mujeres en zapatillas, bien reas. Ni mi madre ni yo.
¿La gran diferencia? Las ruedas eran de una goma tan perfecta que eran absolutamente silenciosos, tanto que tenías que avisar si ibas a pasar a alguien porque ni te escuchaban.
La vereda de Alberdi era muy cotizada por los patinadores del barrio. Eran lajas blancas de esquina a esquina, casi de Rawson a Rosales y todavía pegaban la vuelta por Rosales rodeando la casa de los Martos y dándote unos 40 metros más de patinaje silencioso ininterrumpido. 40 metros a los 8 ó 9 años son muchos metros. Y si la libertad total eran los 200 hasta la casa de Sofi, eran la gloria. La vereda de Alberdi tenía, y aún lo tiene, un pequeño desnivel en la entrada a los garages a ambos costados del edificio que hacían las veces de bumps y te impulsaban unos metros más sin ningún esfuerzo. Por las tardes de verano podías encontrar algún que otro chico del barrio que había descubierto el piso liso y lo había convertido en su pista. O eso creía. Entonces tenías que jugar muy de local y marcar territorio, saludando porteros y vecinos y estirando un brazo cuando pegabas la vuelta a la esquina para arrancar disimuladamente alguna florcita de jazmín del país de chorreaba fuera de la reja verde y quedártela. Pero había que hacerlo con disimulo, como si el estire de la mano fuera parte de tu estilo al patinar. Y después olerla, con cara de nada mientras les pasabas patinando al lado sin saludar, por tu vereda.

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Monday, January 07, 2013

Olivos en febrero


Había pocas cosas que me asustasen más de febrero que el carnaval. En Olivos los chicos eran fanáticos de las bombitas y en esa edad en que los varones te empiezan a mirar y lo hacen de una forma que roza el maltrato (como enojados porque les suceda) era todavía peor. Peor porque pegabas la vuelta en una esquina cualquiera y así de la nada te encontrabas con una banda de cinco pibes con dos bombitas de colores en cada mano y sólo podías atinar a darte vuelta y correr o simplemente taparte la cara con las manos y que te peguen en la espalda o con suerte te esquiven. No había perdón. Pánico absoluto.
Con un ojo podías medir el daño exacto que iban a provocar. Las más grandes eran un desparramo de agua, claro, pero tenían la ventaja de explotar más rápido y doler menos. Las chiquitas seguramente te rebotaban y seguían rebotando aún sobre los adoquines calientes de Rawson y el que las tiraba se sentía muy pelotudo. Las medianas eran las peores. Dolían como nada.
La salida a la hora de la siesta en bicicleta por el barrio era como recorrer un verdadero campo minado y tenías que estar bien atenta de detectar al enemigo a la distancia para pedalear en sentido contrario. Si te detectaban a vos no había súplica que funcionase, te acorralaban, apuntaban y morías empapada. Caminando, obviamente era mucho peor. Algo tenían adentro esas bombitas además del agua. Pánico envasado en globitos diminutos de color.
La canilla de mi casa de Rosales era particularmente apta para cargarlas. Los chicos paraban ahí porque estaba en la entrada al garage y cualquiera podía usarla Era la canilla que se usaba para "regar el frente". Era una de esas con un pico finito que enganchaba perfectamente la bombita y cargaba despacio porque podías medir la presión sin reventarla. Había otros picos de metal que se ensanchaban hacia el final y te rompían la goma antes de empezar a llenar. Una vez llenas, el truco era hacer el nudo rápidamente y dejarlas caer sobre el balde lleno de agua donde se guardaban las municiones. Era sabido que si las dejabas al sol se reventaban solas. Porque yo también tiraba, claro.
Cuando pasaba febrero reconocías las malas canillas en los frentes de las casas. Tenían docenas de arandelitas de colores, como pulseras de bombitas que nunca fueron. Se habían acumulado ahí. Sabías que esos vecinos tenían una mala canilla y ahí no se podía jugar bien al carnaval.

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Sunday, June 17, 2012

Ricardito



Mi padre me cuenta un sueño que tuvo. Estamos sentados en la mesa con los restos del té que tomamos juntos. Cada tanto me agarra las manos y me dice algo de "qué lindas manos tenés, siempre prolijitas. Las manos en una mujer son importantes". Les da un beso, uno a cada una y sigue con su sueño. Presto poca atención salvo cuando dibuja en el papel. Ahí la cosa se pone mejor porque aún a la edad que tenemos ambos y cada uno la suya, nos siguen divirtiendo los dibujos. A mí especialmente el verlo agarrar el lápiz mina, darle una sacudida justa como para que baje un punto la mina (debe ser una 0.5 2B porque es bien blanda y escribe oscuro). Dibuja la suela de un zapato (perfecto) y en la suela escribe algo como Henry Smith. No sé si una marca real de zapatos de antes o parte del sueño.
-Y en el sueño yo pensaba y me decía a mí mismo “Son como los zapatos que usaba Ricardito”.
Y dice “Ricardito” como si estuviésemos hablando de algún tío o íntimo amigo que todos, o al menos los miembros de la familia, deberíamos conocer. ¿De quién habla? Empiezo a pensar que es un personaje de ficción. Cuando estoy por preguntar quién carajo es Ricardito veo que jadea un poco y en el momento menos pensado llorisquea.
Resulta que Ricardito era un vecino de la cuadra desde que nacieron, hijo de un psiquiatra del barrio. Ricardito fue “adoptado” por la familia de mi viejo, sobre todo por Toti como era de esperarse, que se encargó de ensañarle a andar en bicicleta (teniendo apenas un poco más de edad). Va a pasar un rato hasta que entienda que lo de "adoptado" es una forma de decir. Toti andaba con Ricardito a cuestas a todos lados, lo defendía y lograba que lo reconozcan y respeten dónde fuera (esto me lo dice mi madre más tarde).
-Hasta al Club Olivos con todos sus amigos.
Ricardito tenía alguna discapacidad física (Toti dice espástico, no lo dice pero se mueve en forma grotesca en su silla y yo digo la palabra). Ricardito se pasaba el día en su casa. Toti me cuenta cómo fue enseñarle a andar en bicicleta. Toti siempre enseñó a andar en bicicleta. Lo hizo conmigo, mi amiga Sofía, esa otra chica que entró tarde al colegio y a la que nadie le hablaba, con mi vecina de la esquina, los nietos de su ex mujer, su hijastro.... Para Toti andar en bicicleta es un asunto importante de la infancia se ve, y nunca, desde que fue muy chiquito, dejó que ningún chico a su alrededor se quedara sin aprenderlo. Ricardito y mi padre y mis tíos fueron creciendo juntos. Toti llora, cada vez entiendo menos. Es un rarísimo día del padre.
-Es que Ricardito se tiró abajo del tren. Se mató. No pudo aguantar.
Lo consuelo desde mi silla, tratando de hacerle entender que era algo inevitable supongo. Más tarde llego a casa y llamo a mi madre. Le cuento que Toti está sensible, le pregunto si será la edad, "esto de llorar" le digo. Le pregunto de Ricardito y le cuento de la culpa enorme que dijo sentir mi viejo con él.
-Dice que se quedó con culpas…
-¿Toti? ¿Justo él? Si lo llevó con el toda su vida, le enseñó a andar en bicicleta... hasta me llevó a mí a tomar en té con Ricardito y su padre un día. Ya estábamos de novios…
Iban pasando los años y en algún momento todos crecieron y “llegaron las minas”. Mi madre dice que “he must have felt really awkward”, que todos siguieron con sus vidas y que Ricardito no pudo más cuando se dio cuento que jamás iba a tener la vida de ellos. Dice que mi padre no debería sentir culpa (hasta creo que le da un poco de lástima que la sienta). Con todos los reparos que ella pueda tener con Toti, siempre reconoció eso del buen tipo, de la gran persona.
Me imagino la calle Villate y mi viejo chiquito de pantalones cortos y anteojitos gruesos empujando una bicicleta con un chico arriba. Viéndolo cómo se pierde a la distancia. Me acuerdo de la casa, ahí nomás de la Quinta. Me madre cierra el cuento, aporta esos otros detalles que lo hacen más siniestro.
-Se tiró abajo del tren, del Mitre. Fue una cosa meditada, muy decidida yo creo, sabía exactamente lo que estaba haciendo.
A veces la gente de Olivos decide morir debajo del tren.

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Monday, May 14, 2012

Railway Kid

Creo que tengo recuerdos de cada una de las estaciones que recorren la ciudad desde Retiro hasta Tigre, aunque los primeros arrancan siempre en Vicente López y esa barranca a la que me llevaba Toti a tirarme en bicicleta. ¿La de Urquiza era? Tenia una nombre que ya iba todo junto, eso que en la infancia transformás en palabras como “labarrancadeurquiza” sin saber muy bien lo que es una barranca y menos que menos quién era Urquiza. Creo también que era la misma de la que se tiraba el con sus amigos en carrito (uno que habían hecho con los chicos del barrio) y ese cuento de que ponían a alguien al final para parar los poquísimos autos que pasaban.
Pasar por Olivos es una maraña de recuerdos enredados como lanas de dos mil colores pero esas que van cambiando, mutando de un color a otro y cuando te creés que tenés el azul entre los dedos, tirás un poco más y es turquesa y para cuando lo sacaste es verde y ya casi amarillo. Vienen así, todos juntos, en colores y uno mezclado con otro. Pero caminando por el caminito que pasaba por detrás de casa y llevaba a la estación Olivos, Toti agarrado de mi mano (yo a la de él) mostrándome  el tercer rail. Ya dije eso de que cuando fuiste un railway kid sabés perfectamente qué se pisa y qué no y cómo se mira si viene el tren, aún cuando viene pegando la curva desde La Lucila o los distinguís ya pasando la quinta desde el otro lado. La quinta y ese relato del paredón inexistente en la infancia de mi viejo y los chicos jugando al fútbol adentro de los jardines y algún presidente pateando la pelota. Y nadie sabe por qué, eso me llevaba al cuento también de mi padre haciendo la colimba y lavando el caballo de Perón que si bien era blanco cuando lo mojabas se ponía medio azul. ¿Invento? Ya no sé qué parte de mi pasado realmente sucedió y qué cuentos se armaron en mi cabeza con retazos de relatos ajenos.  Cuando fuiste railway kid sabés si es un tren que viene o uno va. Lo sabés. Y también sabés porque vivías cerca, muy cerca de la vía muerta, que tan muerta no estaba y cuando gritabas que te ibas a jugar "a la vía muerta", caminando todo desde la cortada del Saint Andrew's hasta que llegabas a ver el río, tu madre gritaba desde arriba que “ojo” y eso era no pisar las vías ni hablar con extraños que ofreciesen caramelos (cosa que nunca sucedía).
Pasar por La Lucila es ver el frente de ese departamento en el que vivieron mis viejos de recién casados y los cuentos de los Fiat bolita que tenían, uno cada uno.
Martínez son las tardes después del colegio, más que nada los viernes, licuados en Nicanor con plata propia y comprarse algo para la fiesta de esa noche y cruzarse con algún chico del St. John´s vagueando también en zona y tal vez caminar hasta Pepino si había tiempo.
Acassuso es y será la estación de mis amigas Maite y Malaque y los veranos interminables en esa pileta en la que buceábamos más horas de las que estábamos en superficie. Agarrábamos los caracoles enormes y mientras las otras no miraban, una los tiraba como para que se hundan en lo más profundo y ahí recién, nos calzábamos los snorkels y visores y relojeábamos desde la superficie hasta hacer contacto visual con el tesoro y ahí hundirse desesperadamente con una bocanada de aire larga que te llevase esos metros (varios) hasta abajo en lo más hondo. Ahí, agarrabas el caracol grande (esos que si les apoyás la oreja podés escuchar el mar encerrado ahí) y lo levantabas bien en alto con una mano mientras pataleabas para subir mas rápido y cuando cruzabas el agua con la mano, por la boca recuperabas todo ese aire que habías perdido abajo. Triunfante. Acassuso es el olor a cloro en el pelo de puntas imposiblemente blancas del sol y ya casi verdes y los dedos de los pies y las manos arrugados como Manuelita la tortuga, los helados de Pepe y esperar cansada en un sillón de brocato bordó a que mamá y papá te vengan a buscar ya bien entrada la noche. Y dormir, y soñar que seguís buceando.


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Thursday, December 29, 2011

Dog´s Life

Los vecinos de la esquina que vivían en la casa que tenía doble entrada por Rosales y por Alberdi (como muchas casas en esquinas) tenían un perro, un boxer enorme y marrón que se llamaba Salomón y al que hasta que entablé amistad (con la menor de los hermanos y el perro) le tuve pánico.
Salomón a su vez, era hijo de Gorcha que tenía ese nombre porque la habían encontrado en el pueblo de Gorchs, camino a Azul donde tenían un campo que a su vez tenía mi nombre. Gorcha también era una boxer pero mucho más chiquita que su hijo, más bien retacona y simpática y en apariencia inofensiva. Gorcha me caía bien, sobre todo la forma en que se le contorsionaba todo el cuerpo cuando movía su colita amputada. Cuando la encontraron, los vecinos de la esquina ya tenían otro boxer, uno grande y blanco al que le habían puesto apropiadamente “Albo”. Albo y Gorcha fueron marido y mujer.
Nunca conocí a Albo salvo en fotos y por cuentos. Era una suerte de leyenda familiar, un tema de conversación en la mesa y hasta yo, alguna vez me encontré hablando de Albo como si tal cosa, como si alguna vez nos hubiésemos conocido.
Mi madre siempre se opuso a que tuviera un perro.
-Over my dead body.
Eso dijo, eso se hizo. La única preocupación era “al final me voy a terminar ocupando yo de sacarlo a pasear” y como la mayoría de las decisiones en mi casa, esas fueron las palabras finales y nunca más se discutió el tema. Tuve que consolarme con hámsters y tortugas y el ocasional seamonkey que contrabandeaba de Estados Unidos. Y esos, de todas formas, nunca crecían como te hacían creer en la retiración de tapa de la Archie que también me traía en la valija.
Cuando leía la Archie sabía que por color de pelo me correspondía ser Betty; porque a los 9 las reglas son claras: rubia = sos el personaje rubio. Por los mismos motivos siempre era Kris Munroe y cuando todavía estaba Farah me tocaba ser Jill en Los Angeles de Charlie. Todo era bien lineal. Lo bueno era que siempre fui Jamie Sommers. Entonces era Betty durante toda la revisa y me tocaba solidarizarme con ella lo que durase el episodio, gustase Archie o no de ella. Pero la verdad del cuento era que yo quería ser Verónica y a Salomón nunca dejé de tenerle miedo. Fingí hasta la adultez.

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Thursday, October 13, 2011

Mary, Mary, quite contrary...


How does your garden grow?
With silver bells and cockle shells
And pretty maids all in a row.


El jardín en Olivos arrancaba en Rosales y bajaba hasta la vía, el pasillito ese que usaba la gente para llegar a la estación desde la barranca de Alberdi y acortar el trayecto. Nuestro jardín tenía todo un camino de piedras que yo pisaba una por una cuando no quería tocar el pasto porque habían crecido esos yuyos con pinches. De chica yo tenía una obsesión, un miedo casi irracional con los pinches y las ortigas. Todo por andar descalza; "como dos indias" decía mi padre cuando nos veía caminar a mamá y a mí.  A cada jardín al que iba preguntaba acerca del pasto:
-¿Tiene pinches?
Lo mismo que el "¿Muerde?"que pregunta la gente acerca de un perro desconocido. Me parecía una pregunta de lo más esperable y no dudaba un segundo en hacerla antes de dejar mis ojotas diminutas al lado de una pileta y pisar con confianza.
Si yo estaba trastornada con las espinas, mi madre lo estaba con los grillos topo y las babosas.
Cuando llegaba esta época mamá se obsesionaba con que hacían pozos por todo el jardín y dejaban montículos diminutos de tierra como minas. Entonces, lo que hacía era prepararme una regadera de agua con detergente, le sacaba la flor de la punta y yo iba agujerito por agujerito tirando agua. Esperaba unos minutos con la paciencia de un esquimal que espera su foca y cuando salía ese bicho asqueroso ¡pam! le daba con algo contundente. Uno por uno.
Creo que mamá no los podía ni ver con esos cuerpos prehistóricos facetados y se escondía atrás del gomero con cara de asco mientras me espiaba haciendo esa tarea imposible. Ahora que lo pienso no puedo entender que pudiese hacer eso con lo que yo odio los bichos en general. La infancia supongo.
Todos los veranos el mismo cuento, esquivar los sectores "pinchados" del jardín, la caza del grillo topo y largas charlas entre mamá y Faustino (el jardinero) acerca de cómo eliminarlos.

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Friday, August 26, 2011

Por allá


El balcón tenía una baranda con barrotes lo suficientemente separados como para no pasar por el medio pero sí como para colocarle estratégicamente la cabeza y quedar atrapada ahí un rato. Con la lógica esa de que todo lo que entra, sale, creo que mamá maniobró hábilmente y me sacó. Durante un tiempo se me vedó el balcón. No demasiado. Nunca fueron buenos con las penitencias, tampoco creo haber dado grandes motivos. Después de la baranda estaba el jardín, más allá las vías del tren ese que interrumpía las conversaciones y te llevaba a Tigre, o Retiro claro, y más allá el río marrón que se asomaba entre dos Tipas lejanas sobre Libertador. Por ahí La Nelly, los barquitos y en algún momento una playa en la que creo que mamá tomaba sol en bikini y después todo ese otro lugar al que no me dejaban ir.

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Monday, March 14, 2011

Todo atrás


El pino había sido resabio de alguna navidad y se ve que a Toti le habría dado lástima tirarlo y supuso que una mejor opción era plantarlo en la entrada de Rosales para que no muera. Seguido a eso puede que le haya puesto tic a eso de plantar un árbol, tener un hijo. Pendiente el libro, a menos que un guión cinematográfico cuente.
El pinito tenía unos centímetros más que mi altura a los 6 años pero dado que venía en un balde metálico que llevaba un tanto así de tierra, terminaba siendo todavía más alto que yo y alguien tuvo que hacerme upa cuando le puse la estrellita que iba arriba del todo (que había hecho durante los primeros días las vacaciones y era un despilfarro de brillantina y Plasticola).
El pinito casi no cuenta el cuento de no ser por un linyera que pasaba por Rosales todas las tardes camino a la estación y que un día se detuvo y armó unas compresas con arpillera y barro que ató al tronco bajo la mirada dudosa de Toti. Increíblemente el pino se fue curando y Toti y el linyera se hicieron amigos. Después de un tiempo, el tipo nunca volvió a pasar y Toti todavía se acuerda de él con respeto, como de algún viejo médico brujo.
El sábado a la mañana hace frío y decido caminar las últimas cuadras por la calle que durante años fue mi calle. Hice la clásica subida por Rosales desde la estación, pasé por la casa de mis abuelas y llegué al frente de lo que alguna vez había sido mi casa. Difícil imaginarla ahí donde ahora hay un edificio. En el frente, el pino, gigante, crece casi derecho hasta no sé qué piso del edificio. Casi imposible reconocerlo, de hecho, cuado era chico tenía unas espinas blandas y claritas que si las mordías eran alimonadas (no sé por qué pero las mordía), nada que ver con el color oscuro que tienen hoy. El tronco se ve apenas torcido pero nada grave, no mucho más torcido de lo que resulté yo. Sobrevivimos se ve.
Cuando me alejo por Rosales y cruzo Alberdi me doy vuelta y miro. La barranca por la que más de una vez me tiré patinando llena de edificios a ambos lados. Ni una casa. Y más allá mi calle y el pino y todo, atrás.

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Thursday, March 10, 2011

Tres

Olivos me viene a la cabeza estos días, no como el lugar al que se quiere volver porque todo indica que yo no quiero volver de donde me voy pero sin querer vuelvo. Siempre supe que soy una mina de duelos largos. Cerré las puertas de Mansilla (la de entrada y la de mi departamento propiamente dicho) y nunca más pensé en volver ni extrañé. Me acuerdo de lo lindo que era así en su diminuta belleza pero nada más, no es melancolía ni nada parecido.
Me encuentro hablando de Olivos, acordándome de los lugares por los que pasaba, cómo corrían las calles y los 7 escalones de madera que subían a la entrada, cómo entraba la llave chiquita en la cerradura y abría con media vuelta para la izquierda y la Trabex que cerraba de adentro con una vuelta entera y sólo se usaba de noche.
Me acuerdo del baño chiquito de abajo al lado del comedor y una marca que tenía arriba del picaporte con tres triangulitos marcados en la madera oscura que solamente yo había descubierto de muy chica y había bautizado “la puerta de los 3 triangulitos” y nadie más sabía cuál era. Porque nadie los había visto, porque eran cosas que sólo un chico descubre, tan intrascendentes que ¿a quién podría importarle? Y mucho menos esa teoría que tenía yo acerca de que había uno para cada miembro de la casa.
-En esta casa hay una puerta con 3 triangulitos y sólo yo sé dónde está.
La afirmación no causaba gran revuelo en la comida. Hago una nota mental de escuchar a un hijo/hija acerca de sus grandes descubrimientos.
Años después, las pocas veces que usaba el baño de abajo, los volvía a encontrar y les pasaba el dedo por encima. Eran nada más que muescas en la madera pero sí, seguían siendo triángulos. Intrascendentes.
Siempre pensé en escribir un cuento (uno que nunca escribí, pero juro que pensé) en el que llamaba a mi vieja casa de Olivos, al mismo número de teléfono ese que todavía recuerdo de memoria. Del otro lado atendía yo, la otra yo, o la misma yo pero una yo de entonces. Y charlábamos. Un rato largo. Y yo le contaba de mi vida y preguntaba todas esas cosas que ya no me acuerdo y que sé que me debería acordar. Yo preguntaba y yo contestaba. La otra yo seguía viviendo ahí y sabía todo lo que yo hoy no me acuerdo. Pero yo podía contarle cómo habían terminado las cosas y eso ella, yo, no podía saberlo.

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Monday, December 27, 2010

Xmas



La colección de libros de Beatrix Potter está en uno de los estantes del “Guest room” de la casa de mi madre que visito probablemente no más de una o dos veces al año y no me quedo a dormir. Abro the Tale of Tom Kitten y paso las acuarelas miniatura mientras le recuerdo a mi madre que no los tires, eh, que los quiero. También está The Happy Prince de Oscar Wild y un libro de poemas de R.L Stevenson que podría recitar perfectamente en ese tono aburrido con el que uno recita poemas de chico. Faster than faires, faster than witches…
Recorro esta casa que no es mía aunque voy encontrando recuerdos de Olivos por todos lados y a pesar de que me pierdo buscando los cubiertos y las servilletas, encuentro los vasos de wiskey donde estuvieron siempre, en el mismo mueble del comedor, al fondo a la derecha (como un baño). En la heladera los imanes con la cara de Joyce, Shakespeare y las velas que pongo en bolsas de papel y un fondo de arena por todo el jardín antes de que llegue la gente y esta sensación de estar tan de visita igual que en 2005.

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Wednesday, September 15, 2010

Blond Ambition Tour II

Mi madre había cumplido obedientemente con sus clases de piano en un conservatorio municipal hasta completar todos los años como Dios manda (y mi abuela). También cuenta la leyenda familiar que un día el piano fue invadido por ratas; la fumigación no fue efectiva y el piano fue incendiado (esta última parte la invento, puede haber sido regalado o simplemente puesto en la puerta de entrada para que el alguien se lo lleve). La cosa es que mi madre no volvió a tocar.
Y fue feliz.
Por alguna extraña razón, supuso que yo querría tocar piano (puedo haberlo mencionado alguna vez, con la misma credibilidad que dije que quería ser bailarina clásica a los 4) y durante unos meses tuvimos prestado el piano de mis primos y al tiempo, dado mis avances (¿?) decidieron comprarle el Steinway a los vecinos de al lado.
Toqué en un Steinway durante varios años. Un despropósito. Aprendí a leer música y solfear. Mi profesora era una tal Margarita a la que engañaba metódicamente todas clases anotando en lápiz muy clarito las notas en clave de fa para la mano izquierda. Así en los acordes había anotaciones apenas distinguibles que decían cosas como la doS (por do sostenido) re fa y cosas por el estilo, hasta que Margarita agarró la goma blanca Staedler y se encargó de cortarme la jodita. Ahí fue que decidí que no quería ser pianista, ni bailarina clásica para el caso, sino cajera de supermercado y para eso se requerían uñas larguísimas, cosas que claramente no podía hacerse siendo pianista. Mi vida como supermercadista se veía frustrada por un patético Czerny y algún otro librito infame de escalitas malvadas. Muy a pesar de mi madre, al grito de "Un día te vas a arrepentir", abandoné las clases de piano.
Y fui feliz.
Y jamás me arrepentí. Lo del supermercado fue evolucionando hacia otros lados y todavía me entusiasma lo de las teclitas. Escribir es un buen reemplazo.
Mi madre decidió sabiamente que la frustración era de ella y retomó sus clases.
Con Margarita.
Cada tanto Toti nos pedía alguna piecita a cuatro manos y jugábamos a los Von Trapp un rato. Toti suponía que el mundo era un lugar maravilloso y que nada malo podía pasar con dos rubias tocando el piano a cuatro manos.
Y Toti fue feliz.
La otra noche en el Colón escucho un dúo de pianos. Los veo y escucho hacer cosas imposibles. Me conmuevo. Un rato. Después pienso que estoy para un trago más que ese champagnecito tacaño (a $40 la copita, Dios mío) y el sótano de L´abeille es un buen destino. Si mal no recuerdo esta era la ubicación de Mau Mau y si no era ahí, era al lado. Mucho más a gusto en este sótano en el que mis viejos bailaban.
-¿Por qué ustedes iban a Mau Mau con mamá, o no? Eran bastante bolicheros...
-Sí, claro. Y a Reviens en Olivos, porque en esa época, los buenos boliches estaban en Olivos.
Porque parece que hubo una época en la que Olivos tuvo onda. Yo me parece que la perdí, claro.

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Thursday, June 24, 2010

Mi vida sin mi


Estaba esta calle en Olivos, esta calle que fue una cortada durante gran parte de mi infancia, esta calle que fue "la cortada" y terminaba justo ahí, antes de la bajada a la estación. Porque yo vivía en la cortada de Rosales y nadie dudaba dónde era esto, ahí enfrente de la quinta de los Cornejo, el mini palacete francés casi abandonado al que entrábamos por un alambrado con agujero y nos escapábamos corriendo a velocidades que nunca más volví a alcanzar y con miedos que nunca más volví a sentir. Porque el cuidador de la quinta, corriendo atrás nuestro, no era un pobre jardinero echando a los chicos del barrio, era para nosotros un monstruo enorme que nos corría con un rastrillo (¿o era un tridente?) que seguramente nos comería vivos cuando nos alcanzase. O si no, tal vez preferiría encerrarnos para siempre en uno de esos cuartos oscuros de arriba, cerca del techo de tejas negras con una claraboya, desde la que podría espiar mi casa y ver a mamá y Toti salir cada mañana con la mirada perdida sin saber dónde estaría yo por los siglos de los siglos. Hasta que un día se olvidarían y se mudarían de casa y yo seguiría espiando desde ahí. Espiando mi casa sin mi, mi vida sin mi.
Pero el señor monstruoso no corría rápido (supongo que adrede) y nos dejaba llegar justo hasta el alambre tejido, separarlos con las manos y escapar. De vuelta a casa. A mi vida conmigo.

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Friday, January 08, 2010

Coger

La calle Rosales siempre había sido cortada, igual que Alberdi, entonces se complicaba si decías que vivías en la cortada de Rosales y Alberdi, salvo que el Rosales que precedía indicaba que tu casa era sobre esa, haciendo intersección con la otra. De todas formas, cuando eras chico era más fácil llegar jadeando con tu bicicleta, señalar y decir “vivo acá, yo”. Si tu casa era sobre Alberdi, decías sobre la barranca y ya todo quedaba clarísimo.
La cortada estaba literalmente cortada por unos troncos largos que la atravesaban y más allá el jardín enorme de la quinta de los Cornejo Saravia que bajaba también en barranca llena de enredaderas hacia el río. Cuando el cuidador se distraía, podías treparte por el alambrado ayudándote de la pared de ladrillos bajita del costado y entrar a explorar. Con miedo. El castillito francés venido a menos como la familia era el paraíso perfecto para el programa de “casas abandonadas” de los 10 años.
Mis amigos de fin de semana eran los amigos de la cuadra. Nani, la hija de Florencia y Don Sosa, los porteros paraguayos de Rosales 2653, Marité que vivía en la esquina y su casa agarraba parte de la barranca, unas hermanas malísimas y algún que otro vecinito varón disponible que se sumaba.
Una tarde, parados todos en nuestras bicicletas, un pie en el suelo, otro en el pedal, aprendí la palabra coger. La escribieron con el jugo verde de unas de esas plantas pinchudas como el Aloe Vera sobre el salpicré del garage de Rosales 2653.
-¿Sabés lo que es?
Todos me miraron intrigados para saber si contestaba.
Ahí aprendí la palabra. Unos años después exactamente lo que quería decir. Y todavía un poco más tarde, lo bueno que estaba.

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Monday, September 14, 2009

A House with a Tree


Parece que una Navidad a mamá y papá se les había ocurrido comprar un pinito de verdad en vez de la cachirulada plástica all inclusive de Tanti que solía pararse en medio del living. Supongo que eran de esas primeras navidades que yo iba a tener registro de los hechos y de ahí la inspiración materno/paterna. Miento, no tengo la menor idea pero tiendo a pensar que lo hicieron por mí.
El pinito sobrevivió las fechas en su maceta en medio del living y cuando llegó la hora de desarmarlo, a Toti (como era de esperarse) le dio lástima tirarlo. Vivió unos años en el balcón que daba al jardín y cuando ya no aguantó más entonces Toti agarró el pinito que no era más alto que yo a eso de los 8 años y lo trasplantó en el frente de casa.
Nadie le daba demasiada bola al pinito; convengamos que sólo Heidi le hablaba a los abetos y claramente ese no era mi look. Tal vez mamá, cuando sacaba su Fiat Super Europa del garage marcha atrás -en un intento por no derribarlo- lo registraba.
Con el tiempo el pinito se empezó a vencer hacia un lado y todo indicaba que estaba apestado y llegando a un fin prematuro. A Toti le daba pena pero no tenía idea qué hacer y un día mientras estábamos mirándolo en la puerta de casa pasó un linyera que siempre hacía el camino Rosales-la estación y se ofreció a curarlo. Al rato volvió con unos trapos mojados que le ató justo a la altura a la que parecía estar la peste. El linyera pasaba todas las noches a revisarlo y cambiarle las vendas cada tanto. El pino siguió creciendo, torcido pero siguió.
Ahora mi amigo Quito me manda una foto en la que veo claramente que está altísimo y apenas puede percibirse ese defecto de hace unos 30 años, es solo una curvita en la base del tronco. La foto llega en un mail que dice Fotos de donde era tu casa. La casa, claramente no está más. Al lado, Jurassic Park still standing y el pino, paradito como ese primer día.
No me gusta demasiado volver a Olivos. No me gusta demasiado Olivos, creo. Pero cuando paso, bajo por Rosales (los porteros ya no me reconocen y Don Sosa debe estar más que muerto) y me acuerdo cuando era cortada y nos trepábamos por el cerco a jugar en la quinta de los Cornejo Saravia que tenía unas barrancas enormes llenas de enredaderas por las que rodábamos hasta abajo, hasta que el cuidador salía a los escobazos y nos escapábamos jurando que no nos había reconocido. Todos los sábados la misma jodita. Ilusos.

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Sunday, September 13, 2009

Jurassic

Cuando mis abuelos fueron muriendo y mis abuelas se quedaron solas, terminaron mudadas a un edificio en Olivos (una en el segundo, otra en el quinto) plagado de viejos y viejas ingleses que en pareja sumaban los 179 años. Como Nora y Leslie o Mrs. Hutchinson que trabajaba de cuida recreos y también había sido ex alumna hace más de 65 años en la Benemérita Institución y cuando me encontraba patinando sola por Rosales a las siete de la tarde un día de semana me interrogaba acerca de si “Isn´t it time for little girls to go to bed now?”. Y la verdad que yo no me animaba a contestarle pero tenía una amiga que sí y un día nos miró y a la voz de “But how terribly rude” se dio media vuelta y casi como la Queen Mother se metió en el edificio de Rosales y desapareció habiendo mandado la mayor puteada de su universo.
Con las nietas de Mrs. Sheffield (otra inglesa a la que sí le caía bastante simpática porque hablaba un inglés casi impecable a pesar de mi imperdonable cualidad de Argie) bautizamos al lugar Jurrasic Park.
Mis abuelas se murieron también. Quedaron los departamentos con otros dueños. Mi casa fue demolida hace unos años (ese es otro cuento) y ahora hay una de esas torres imposibles antes de la barranca de empedrado que bajaba (y sigue bajando) hasta la estación Olivos, que cuando vivís ahí es simplemente la estación. No queda nada que la identifique, que diga ahí estaba mi casa; apenas el pinito ese que plantó Toti después de una Navidad porque le dio lástima tirarlo pero ese también es otro cuento.
Jurassic Park, por su lado, sigue en pie.

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Friday, June 19, 2009

Dinner con los Mac

La otra noche como con, llamémoslos los Mac. Son 4 hermanos, dos y dos. Los Mac son mi infancia, un poco mi adolescencia, otro poco familia. Tenemos como dos segundos para aclimatarnos y después es todo igual como hace 20 años, 30, como si nos hubiésemos visto antes de ayer. Como si yo sólo tuviese que subirme a mi bici, seguir por Rosales y pegar la vuelta, trepar las escaleritas, tocar el timbre, escuchar los ladridos de Jock (el cocker Spaniel neurótico) y esperar a que me abran.
-¿Puedo sacarlo a pasear?
En casa no había perro, no estaba permitido. Tortuga, gato, conejo, hámster, gusano de seda y Sea monkey sí. A eso estaba limitada mi licencia zoológica. Perro no. Your mother´s a cat person, your dad´s a dog person. That explains a lot of things maybe.
Enfrente a lo de los Mac, había una filita de árboles de mora que se convirtieron en el gourmet point para mis gusanos de seda, esos que había comprado en el mercado negro de la Benemérita Institución. El cartoncito en el que vinieron pegados los huevos secos de gusano fue abandonado en un cajón por meses. Un día lo abrí y ahí estaban las crías diminutas y famélicas. El árbol enfrente de los Mac pelado, yo desesperada. Los gusanos de seda no comen pasto, ni espinaca, ni lechuga ni rúcula. Hojas de mora. Nada más.
Pedaleaba hasta la casa todos los días hasta que salieron los primeros brotes (verde flúo pegaditos a las ramas peladas) que arranqué con cuidado y tiré adentro de la caja de zapatos con el cartoncito a mi primer lechigada de monstruos voraces. Y así todos los días hasta que iban poniéndose enormes, blancos y carnosos y por suerte se convertían en chizitos y después en polillas asquerosas a las que liberé a la buena de Dios porque les tenía miedo.
Creo que Jock se murió de viejo, los Mac se mudaron a unas cuadras y yo me fui definitivamente de Olivos para no volver. La otra noche comimos juntos, todos. Y nos acordamos. De todo.

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Thursday, June 11, 2009

Flashback


Me gusta esta foto. La posición. Esa misma en la que me pongo cuando tengo frío o salgo del mar. Me gusta la luz, los barrotes del balcón del cuarto al lado de mi cuarto que daba al jardín y bien, bien al fondo las vías del tren. El tren que pasaba haciendo un ruido tremendo y la gente que vive en Olivos que naturalmente se calla y recién retoma la charla cuando pasó. O directamente te dice al teléfono “esperá que está pasando el tren”.
Y todo se interrumpe.
Me gusta la colita de caballo diminuta y la cara de curiosidad y la Express que tengo en la mano y que mamá se haya tomado el trabajo de tomar la foto “porque siempre te tirabas así a mirar el jardín”. Me gustan las manchas de vieja que tiene la foto y saber qué estaba haciendo un día de febrero de 1973.
Sólo me intriga saber en lo que estaba pensando.

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Sunday, December 30, 2007

St. Andrew´s Fault


Cuando nacíste y crecíste cerca de una estación, las vías del tren ejercen una mezcla de intriga, respeto y fascinación rara. Sabés exactamente dónde están etrificadas-justo abajo de esos planchones de madera a unos metros del paso a nivel- porque tu papá te lo contó mil veces. También te contó de todos los conocidos de su infancia que alguna vez murieron electrocutados por cruzar en el lugar “que no se cruza”. Yo concluí de chica que la gente que se moría cruzando las vías nunca era gente del barrio porque asumí que todos sabían los mismos cuentos que yo y que si estaba la barrera baja, tenías que esperar a que apareciera el señor con la banderita para avisar que la barrera no funcionaba y darte paso seguro. Camino a la de Toti crucé las otras vías, las de Belgrano, las que no son mías. Crucé en ojotas Havainnas rosas y aunque sé que las vías que van pegaditas al cemento al ras del piso no tienen electricidad, no se me ocurre pisarlas. Las salteo con un paso porque son finitas, no deben tener más que diez centímetros y siempre miro a los dos lados, porque en Belgrano, como en Olivos podés ver a la distancia los dos trenes que llegan desde Retiro y desde Tigre. En Olivos, teníamos además las vías muertas, esas pasaban justo por la cortada del San Andrés sobre el final de Rosales y para acortar camino a lo de mi amigo Kito, yo iba hasta la cortada y caminaba por el medio de la vía hasta cruzar a la continuación de Rosales y salir a su calle. Siempre vagueábamos por ahí y aunque estaban muertas nos cuidábamos de pisar siempre pasto o madera, pasto o madera, callados y concentrados. Pasto o madera.
Cuando era chica pensaba que el viejo cartel amarillo con la cruz de San andrés negra que estaba justo antes del cruce de las vías muertas, estaba ahí por el colegio. Después, cuando saqué el registro me acuerdo que alguien me dijo que era una cruz apaisada porque San Andrés no quizo ser crucificado en una cruz igual a la de Jesús. A veces me sorprendo de la de datos inútiles que guardo en mi disco rígido.

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