Ojos que no ven
Y durante el día, camino entre los vivos y hago cosas de vivos. Me río, pienso, lloro, aprendo solita a hacer pastas con mi Pastalinda. Veo las láminas finitas después de varias pasadas, atravesar las cuchillas invisibles y salir en forma de fettuccini. Un placer infinito ver la prolijidad del corte y como se apilan como la melena de una Rapunzel rubia de caricatura. Como no tengo ese implemento que seguro existe -uno donde podés colgarlos a secar- uso esos dos palitos de batería que me regaló ese baterista en esa fiesta el año pasado con los chicos de Cuko. Los sostengo entre dos tazas y ahí culegan. Nunca se sabe dónde te puede llevar la cocina y mucho menos la música.
Los cuatro nos sentamos en la mesa a probar. El señorito no come nada que haya tenido ojos para lo cual opto por una salsa bien picante de tomates y una de gírgolas, portobellos y puerros. Hay de todo. Y sin ojos.
Mi casa ya se fue llenado de gente, no es más esa casa ajena (*) que nunca iba a ser mía; hay risas, hay cuerdas de guitarra (las verdaderas que suenan y yo les canto al lado y las de pasta), hay cuentos y ya está mucho más viva.
Y yo, por mi lado, de día y de noche, he vuelto a tener historias para contar.
(*) “Me cuenta que llega a su casa nueva, vacía y tiene esa misma sensación que tuve yo, de extrañeza, de espacios ajenos, de andar como pidiendo permiso. Digo que pasa, que se pasa. Como todo. Que de a poco uno va ganado espacios y pone una guitarra mirando desde el frente de la cama como para ver algo conocido, como para ir tomando el espacio, ganando terreno. Y uno conquista, gana y conquista y un día uno abre la puerta y vuelve a casa.”
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