Tuesday, July 07, 2015

Antes de la noche

Entre todo el Candy Crush de pastillas, Toti tiene un orden absoluto de colores, formas, horarios y pasos a seguir en la torpe coreografía de su Parkinson. Hay una caja de zapatos amarilla donde se guardan todas las cajas de todos los remedios. Algo así como una gran Babooshka amarilla. Cuadrada. La levodopa, que viene en frasco oscuro, también va ahí pero después, los frascos en desuso se acomodan uno contra otro en un estante de la biblioteca como si fuesen a tener un destino. No lo van a tener. Juntar polvo y ocupar lugar, dos cosas fatales. Están los pastilleros con los nombres de los días de la semana y sus cuatro compartimentos estancos para no confundirse. Salvo que en el primero van dos dosis de Levodopa porque hay una que manotea desde la cama y se coloca en la boca en sueños para poder empezar el día. Es la del arranque. Las demás, llevan nombres que no están escritos pero se las llama “las de las diez y media”,  “las de las siete y media” y así.  Si falta o sobra una pastilla, pondrá el grito en el cielo (un cielo bajito e inofensivo) y dirá algo así como que “aquí hay algo raro”.
Porque mi padre dice aquí y allí y contigo. Puede mirarme y decirme que “me gusta pasar tiempo contigo” como si viniésemos de otro país que no es este. Creo que es por mi abuelo, el hablaba así.
Me señala la vieja Underwood en la que escribía su padre y me recuerda lo que me recuerda siempre que siente que el final no está tan lejos. Empieza como un testamento anticipado de las dos o tres cosas que todavía le quedan.
-Esa después va a ser tuya. Anda perfectamente. Le hice arreglar la R. La cinta de la tinta debe estar seca o empastada. Pero bueno, es linda para mirarla…
Claro que es linda para mirarla. Está en lo más alto de la biblioteca, arriba de los frascos de levodopa y junto a un Mickey Mouse de goma que sostiene un maletín y una manzana roja en la otra mano.
Antes de irse a dormir tiene todo un ritual. Se arma una suerte de kit de primeros auxilios para no morir de sed durante la noche. Se trata de una caja de telgopor que supongo habrá contenido helado alguna vez, en la que le coloca un vaso de Starbucks de plástico en el centro (uno de esos transparentes en los que suelen servirte un frapuccino).  Alrededor del vaso para que no se caliente (es obsesivo de las bebidas bien frías) coloca una serie de hieleras plásticas selladas. Lo hace de forma tal que el vaso quede inmovilizado en el medio y no se vuelque, como rodeado de glaciares. Coloca la tapa. Arriba, pone su pastillero de plástico. Y así, con todo el kit armado, camina lentamente para depositarlo debajo de su cama y alistarse para dormir.
A veces, se le cae todo en el camino y tiene que volver a empezar.

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Friday, April 24, 2015

Lonely Planet

Mi padre descubrió una mañana que tenía el pasaporte vencido y se angustió mucho porque la mera idea de no poder salir del país ante una eventualidad lo trastornaba. Mi tía, que lo conoce desde que nació (el, no ella) no tuvo mejor idea para consolarlo que decirle que de todas formas, de tener el pasaporte al día, no tendría plata para pagarse un extenso viaje al viejo continente, que de nada serviría la documentación. Pero después, para mortificarlo en ese idioma en el que sólo se hablan los hermanos, le dijo:
-Y además, si lo pensás, para el caso tampoco podés salir del planeta. Así que no jodas…
-¡No me digas una cosa así, Pirucha, es terrible!
Y se disparó un episodio de claustrofobia como tantos.
El hombre atrapado en el planeta. Así lo pienso.
Cuando era chica, los cuentos que me contaba al borde de la cama eran mucho mejores que los que aparecían en cualquier libro de los que yo podía leer a esa edad, esos que tenían letra grande y mucho dibujo. Los cuentos que inventaba mi padre tenían a un hombre con una granja real en miniatura con todos los animales deambulando por su escritorio mientras el hombre trabajaba. Vaquitas diminutas y ovejas que se movían entre las presentaciones a la DGI, que bebían agua de los restos de un vaso volcado al lado de la máquina de escribir, viboritas que se enredaban en su lápiz mientras intentaba dibujar story boards. Y también la ocasional borrachera cuando un par de chanchitos se tomaron lo que había goteado de la botella de whisky apoyada en el escritorio mientras el hombre tipeaba ocupado en su máquina hasta que notó como venían los chanchitos seseando y tropezando con una goma de borrar hasta dormirse sobre un bollito de Carilinas. Ese era uno de mis preferidos.
Cada día pasaban cosas nuevas en la granja. Los animales como en la novela de Orwell cada tanto se rebelaban y se armaban tremendas estampidas en el escritorio del buen hombre, con gallinas minúsculas revoloteando por todos lados, toros bravos (de no más de cinco centímetros) que arremetían contra todo y una manada de ovejitas aterradas apretujadas contra los libros.
Había otros cuentos. Pero eran más tristes y no me los acuerdo bien.
Mi viejo, que tiene miedo a quedar atrapado en este planeta, me dijo una vez que lo peor del Parkinson es una sensación de estar atrapado en un cuerpo que no es suyo, "como tener una percha rígida puesta adentro de la camisa, y no poder salir”.

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Wednesday, August 06, 2014

Verano

Está anocheciendo y mi madre está apoyada sobre la baranda del balcón mirando como el jardín se va oscureciendo. De a poco. Es verano, estamos de vuelta después de unas semanas en Uruguay. 
Apenas subimos con el auto a la entrada de la casa, de nuestra casa, se abre la puerta del frente. Sale mi abuela y una vecina. A la distancia ya se nota que mi abuela está llorando.

Cuando viajábamos mis abuelos solían cuidar la casa y cuando mis padres viajaban solos, yo quedaba adentro de la casa. Mi abuelo se encargaba de poner en marcha el auto para que no se muera la batería y juntos se encargaban de mí. 
Única nieta mimada.
Baja la vecina y se acerca al auto. Úlceras sangrantes, internado, mi abuelo. No llegamos ni a bajar y fuimos a verlo.
 Ese había sido el primer verano que me dejaron maquillarme: delineador negro y brillo trasparente. En segundos desaparece mi verano.

Tengo una vaga imagen de mi abuelo en esa cama de la clínica. La próxima es la de mamá mirando a la nada, al jardín oscureciendo, con lágrimas que le caen por las mejillas pero cara de indiferencia. No sé si le duele, está anestesiada, estuvo tomando, es obvio. Son esos ojos a media asta, los párpados cayendo un milímetro por debajo de lo normal. Yo la miro. Yo sé detectar esas cosas. Es un talento que conservo. A esa edad no conozco mucha gente a la que se le haya muerto su padre y miro atentamente a ver si puedo descubrir qué se siente. Tiene una tristeza silenciosa, muy polaca, muy alcoholizada, una tristeza sumisa sin escándalos.
 Con mi padre vamos a una cochería y hacemos los trámites. Para eso no soy demasiado chica parece. No sé si hay entierro, no me llevan. No sé cómo muere ni exactamente cuándo, sólo que años después, muchos (como diez) mi madre ya sobria tiene que presenciar como abren el cajón para "reducir" los restos. No se había reducido, casi nada, hasta el propio empleado del cementerio se sorprende. Más años para esperar y sacar ese nylon culpable que lo envolvía. Para ese momento ya soy mucho más grande y me imagino una escena más de Hamlet que otra cosa. Poor Yorrick pienso, y en cómo se verá un cuerpo diez años después de muerto.

Todavía más años después, cuando se muere mi abuela, mamá no quiere entrar a verla. No sé bien por qué. Yo sí. Entro, la miro. Tiene cara de muerta. Me beso dos dedos de la mano y se los apoyo despacito en la mejilla. La verdad es que no me animo a acercarle la cara y tampoco me parece necesario. Mentira que parecen dormidos, los muertos parecen muertes. Y cerosos.
 También viene papá al proceso. Como si fuésemos familia. Quiere estar dice, aunque hace años que se fue de casa. Pero después las decisiones las tomo yo y ellos quedan como dos mudos a mis costados.
Mi madre no puede enterrar a sus padres.

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Tuesday, November 19, 2013

Teresa y el gorrión


Había varios cuentos que Toti me hacía de chica. Estaba ese que no era cuento y más bien un juego tonto en el que cuando yo preguntaba "¿Y entonces qué pasó?" venía la inevitable y siempre idéntica respuesta que me hacía morir de risa y de bronca e impotencia: "Y entonces vino la gatita blanca y se tomó tooooda la leche". Siempre en el mismo tono, siempre la misma O larga y ese efecto mágico que tiene la repetición (y la predictibilidad) en los chicos. Después estaba el del señor que había logrado achicar todos sus animalitos de granja y tenía vacas y ovejitas en miniatura que caminaban y pastaban sobre su escritorio mientras él trabajaba. Ese era de la autoría de Toti y hasta a veces venía con dibujos. Yo podía imaginarme perfectamente unas ovejitas minúsculas como los conejitos de algodón que escupían en ese cuento de Cortázar que leí muchos años después. Me parecía algo perfecto: una oveja lanuda y diminuta trepándose a tu mano desde el borde de un papel o asomándose detrás de una máquina de escribir. Pero después estaban esos cuentos de su infancia, que no eran cuentos.
Teresa había nacido en el campo y en algún momento de sus adolescencia, como tantas otras mujeres como ella, vino a Buenos Aires a trabajar "en casa de familia". La familia que le tocó en suerte (o no tanto) fue la de mi padre; básicamente sus tareas eran cuidarlo a él y sus dos hermanos, una mujer unos años mayor y el negro, el menor.
-Teresa nos crió- me dice mi padre y yo me sorprendo un poco que no haya sido mi abuela, esa madre tan devota que todos idolatran y recuerdan aún como "mami".
La cosa es que como buena mujer de campo, cuando Teresa encontró ese pichón caído del nido ni se le ocurrió abandonarlo y mucho menos visitar a un veterinario si no que se lo llevó a su cuarto y lo fue criando con paciencia. Le daba lombrices picadas con la punta de un palito, gotitas de agua y lo mantenía caliente entre medias de lana, algodones y plumas de un viejo plumero desarmado.
Era de esperarse que Toti, maravillado como suele estar con cualquier animal, fuese a su cuarto a ver los progresos que hacía el pichón. Tanto progresó que creció hasta la adultez y se pasó la vida revoloteando libremente por la casa de la calle Malaver en Olivos donde vivían y descansando en el hombro o el dedo índice de Teresa cuando ella lo llamaba.
-Era como un perro...una cosa increíble.
Tan dócil era el gorrión que hasta tomaba saliva de la lengua extendida de Teresa.
-¿No me estás exagerando, no?
-Por Dios, era así. Pero un día Teresa se casó y nosotros crecimos y ella se fue de casa a vivir con su marido. Venía a visitarnos cada tanto. Todavía tenía el gorrión...
A Toti se le nubla un poco la mirada. Yo me acuerdo aún del final del cuento, me lo contaba de chica cuando yo pedía "el cuento de Teresa y el pajarito". Entonces al borde de mi cama el me lo contaba y los dos nos entristecíamos cuando Teresa se casaba y se iba con su marido, el mismo que una noche se levantó y se calzó sus pantuflas para ir al baño. Era una noche de frío y el gorrión no había tenido mejor idea que abrigarse adentro de una de las pantuflas y dormir ahí, cerca de Teresa.

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Sunday, March 31, 2013

Family Ties


En esos cumpleaños, cuando ya se había ido todo el mundo, Toti decidía que las pocas que quedábamos podíamos jugar a las escondidas pero con una vuelta de tuerca. Era él el que te escondía en algún lugar y el resto tenía que buscarte. Pero el asunto no era tan sencillo: el tipo te trepaba, por ejemplo, a lo más alto de la enorme biblioteca del living, te ponía libros a cada costado y te hacía sostener un jarrón y jurar que te ibas a quedar quietísima y muda por el tiempo que fuese. Lo que sucedía, generalmente, es que el resto miraba en tu dirección y por algún motivo pasaba de largo con la mirada y no te descubría. También estaba el canasto de la ropa de lavar, hecha una bolita minúscula y silenciosa o de estatua detrás de los impermeables colgados en el baño de abajo. La clave era desaparecer, confundirte con el ambiente como para no llamar la atención, una práctica camaleónica de supervivencia que yo ya manejaba a la perfección.
Mi tío dice que su familia le parecía tan rara, tan ajena, que cuando jugaba en el fondo del jardín donde vivían cerca de la quinta presidencial, miraba la casa encendida y sus integrantes y pensaba:
“Algún día me van a venir a buscar, mi verdadera familia, estos no pueden ser en serio los que me tocaron.”
Dice que ya pensaba eso de muy chiquito, que había caído en el lugar equivocado. Si hubiese existido Spielberg supongo que hubiese manejado la cuestión alienígena, pero no, más bien pensaba en algunos seres bastante normales, muy humanos que iban a tocar el timbre un día y rescatarlo.
Mi padre que lo quiere mucho porque a los hermanos se los quiere y además el quiere porque quiere, dice que de chico era un mierdita que le rompía las muñecas de porcelana a mi tía, les rompía la boca con una cuchara y decía que era porque las estaba “operando de la garganta”. Por suerte Freud no caminaba por Olivos, todavía.
Mi viejo se fue tarde de esa casa, demasiado. Antes, vivió solo en un cuarto que había en el fondo del jardín porque mi tío se había "casado de apuro" y hasta conseguir lugar donde vivir se quedaron todos ahí. En dulce montón. Como en una telenovela barata de la media tarde en canal trece. Mi viejo también miraba la casa desde el fondo del jardín, pero no fantaseaba rescate (supongo) y según mi madre se quedó demasiado. De repente nunca se fue y simplemente se casó con mi madre y fingió crecer, dirigir cine, ganar plata, perderla y ser mi padre. 

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Tuesday, March 12, 2013

Era "Argo"


Nunca sabías bien qué iba a suceder cuando volvieses al colegio en marzo. En principio estaba el cambio de clase, de piso y cuando terminabas séptimo hasta de manzana. Podías elegir con quién sentarte o de repente te sentaban con alguien diferente a quien te venías sentando hace años. Nunca se sabía. Yo la elegía a Malaque, pero nos duraba poco porque aparentemente yo hablaba mucho y la desconcentraba. También te pasaba que entrabas y ahí nomás te dabas cuenta que te tocaba esa maestra tan temida de la que te venían hablando hace siglos como una especie de leyenda urbana escolar. Te deformaban los nombres y "la señorita Noemí" pasaba a ser "La Noema". Andá a cruzártela a La Noema con su voz ronca de 30 puchos diarios... Otros años te tocaban los “desks” y los  “lockers” con  candado y tenías todo un mundo privado bajo llave.
Y después siempre estaba el tema de “las nuevas”.
Nunca sabías de dónde iban a venir “las nuevas”. A veces llegaban del San Andrés porque lo habían hecho mixto, a veces de Egipto como esa Racha El Kholi que nos servía cosas raras para comer en los cumpleaños y a veces, como esa vez, una italiana que ya venía con tetas incorporadas. Nosotras todavía chatas, chatas y ahí saqué la conclusión que todas las italianas tenían tetas.  Su padre era el presidente del Banco di Roma. En los últimos meses habían hecho Irán - Acassuso. El era un ex rugbier y todo lo maravillosamente italiano que hay que ser: ruidoso, con panza, 
cariñoso, familiero y con debilidad por las rubias. Obviamente mi viejo se hacía amigo de todo rugbier de cualquier grupo o factor, argentino nativo o por opción y extranjeros también y el señor Banco di Roma rápidamente se sumó a sus filas. Tengo la imagen de los dos abrazados entrando a casa en pedo después de algún tercer tiempo. Cantaban. En francés.
C'est si bon,
De partir n'importe où,
Bras dessus bras dessous,
Ella era un ama de casa italiana que hacía unas pizzas diminutas, organizaba cumpleaños divertidos en el jardín y tenía ojos contentos.  Chiquita, linda, llena de curvas y sonrisa permanente, acentuaba tu nombre donde no correspondía ¡pero quedaba tan bien!  Una tarde la encontré sentada con mamá en el living de casa contando el cuento de los últimos días en Irán y cómo se habían escapado. Era mi cuarto grado, era 1980, era Argo pienso ahora. 

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Saturday, February 09, 2013

Mujeres de lindos pies


-Es un lindo trapo ese.
Asumo que se refiere a la pollera esta, desflecada en el dobladillo. Los dos miramos a la vez hacia abajo.
-Tenés lindos pies vos, como tu madre. Hay que cuidar los pies.
Mi padre tiene esta obsesión con los pies. Cada  vez que tengo sandalias (que es más o menos todo el verano) me los mira con cuidado y va comprobando año a año que están igual o parecidos a lo que se veían cuando era chica. Supongo que sufre los propios, como muchas otras cosas pasadas los ochenta pero los pies le preocupan particularmente. Siempre me dio gracia. De chica nos criticaba a mi madre y a mí por andar todo el veranos descalzas. “Como dos indias” decía. Después venían los largos cuentos acerca de las bailarinas y sus pies dañados. No sé en qué momento vio tantos pies. O tantas bailarinas. 
Cuando yo tomaba clases de ballet, me apuraba a llegar antes al vestuario para sentarme al lado de la profesora (Poli, una colorada longilinea que didn’t quite make it to the Colón) y poder ver bien de cerca cuando se sacaba las zapatillas de punta. Miraba desde mi banco, con las patitas colgando, cómo Poli iba desatando con una habilidad envidiable las cintas de raso rosa Dior, se bajaba las polainas y descubría un pie. Era un pie sufrido, claro, años de estar parado de punta, pero era un pie de bailarina y en algún lugar su falta de perfección lo hacía más lindo. Aún así, abandoné el ballet tempranamente. Era buena en la barra y en el centro pero como en el piano, la disciplina y el esfuerzo no eran lo mío y me di cuenta rápido.
Mi padre hace que ponga el pie de costado.
-Tenés buen arco.
Y se supone que yo debería estar orgullosa de mi buen arco. Ya hemos tenido esta conversación varias veces. Se repite. Pasamos por los pies de mi madre, las bailarinas, reviso su medicación.
-Te falta Levofloxacina y un Madopar más, de esos tomás 5 por día…
Se sorprende.
-¿Cómo sabés?
-Porque sé, Toti, porque sé.
Y anoto. Eso y Rifampicina. Lo abrazo largo y bajamos juntos. Me felicito por la normalidad con la que me manejo. Se va a su café con Quique. “Son novios” le digo.  Se ríe y camina bastante destartalado hasta Austria siempre al borde de desmoronarse. Cada dos o tres pasos mira para atrás para verificar que yo esté bien. Cada dos o tres pasos yo me doy vuelta para lo mismo.

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Thursday, January 17, 2013

Super 8


Era una Super 8 clásica, de esas que agarrabas casi como una pistola y disparabas de la misma forma. Como una pistola. Con zoom ruidoso y las letras T y W para ir adelante y atrás. Adelante y atrás.   Y pilas que se cargaban por debajo, por el mango. ¿Cómo se llama eso en una pistola? Nunca disparé un arma de puño; sí escopetas para matar perdices que largan perdigones. Esas y un aire comprimido. Pero de todas formas, si lo pienso, así apretando un botón era como un gatillo y empezabas a filmar. Sabías que estabas filmando porque el ruido era fuerte, imposible ignorarlo. Algo pasaba ahí adentro y vos tenías el ojo pegado y veías el cuadro, el circulito y el sonido te llegaba al oído.
En una época me la llevaba a todos lados. Filmaba pavadas. Hay una secuencia de minutos de animales de la granja: gallinas batarazas amontonados, chanchitos que salen del corral en fila caminando en esas patitas diminutas (“como en tacos” dice una amiga) y un ordeñe con primeros planos del chorrito que sale disparado de la ubre. Después hay otras tomas urbanas un poco mejores. Pensando en que no tendría más de 9 ó 10, no es tan grave la baja calidad filmíca. 
Cuando se revelaban, Toti me las traía a casa y las editábamos. Yo me imaginaba que las traía del Laboratorio Alex, de Alex, como las de él. 
Yo sabía prender perfectamente la moviola y enroscar la película. Prendías la luz y a mano le dabas vuelta a las manijitas. Veías pasar en la pantalla todo: los chanchitos en tacos en cámara lenta, en versión Charlie Chaplin (con la explicación de Toti de los fotogramas, el ojo, la velocidad) o en versión Benny Hill con chanchitos en tacos a trote histérico.
Cortar y pegar.
Editar.
Poner aunque sea las imágenes de la tranquera de entrada al comienzo, “algún relato” sugería Toti.
No me volvía muy loca filmar. Me gustaba ver cuando mi viejo lo hacía. Tampoco demasiado editar, salvo que lo sabía hacer y eso parecía caerle bien a mi padre. Algo en el orden de “mi nena, la que sabe usar la moviola”. 

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Wednesday, January 16, 2013

Gente como uno

Mi padre me dice que fue a Belgrano a hacer "acto de superviviencia" por su jubilación.
-A acreditar que estoy vivo…
Después me dice que llegó a su casa, se miró en el espejo y no se encontró.
-¿Habías desaparecido?
-Aha, por completo.
-¿Y dónde estabas?
Ya no me acuerdo qué me contesta pero seguimos teniendo esta conversación completamente ridícula que sería preocupante a oídos ajenos salvo que a mí me deja tranquilísima que ésta, ésta es la más absoluta normalidad.

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Wednesday, October 31, 2012

40 años después

Mis padres se casaron en una capillita diminuta de Martínez, Santa María de La Lucila, que ahora que lo pienso es La Lucila porque es a unas cuadras de Paraná que todos sabemos es la calle que divide una localidad de la otra. Santa María de La Lucila está en el medio de una placita, tiene un jardín en el que en esos tiempos (hace 50 años) podías hacer la fiesta y es una construcción “simple y austera” según las palabras de mi propia madre. Supongo que Toti accedió a casarse ahí a pedido de ella y ella lo habrá pedido para que sus padres no le rompan demasiado. Creo que desaprobaban la elección de marido. Mi madre tenía puesto un vestidito de broderie mini -en esa época las chicas se casaban en minifalda- del que nunca vi una foto pero usaba para disfrazarme de chica (también de líneas simples y austeras como la capilla en la que se casó). Tampoco hay fotos de la fiesta. Tal vez una filmación desaparecida ya que los cameramen que mi padre, el director de cine, había contratado para la ocasión se empedaron y perdieron las tortas (de película, no de boda).
Mi madre eligió la misma capilla para bautizarme, 10 años después, cuando yo era bastante grandecita. Tendría un año. En las fotos tengo rulitos dorados y zapatos pequeñísimos con agujeritos. Y cara de terror. Mi padre hizo algún papelón durante el evento, seguramente cuestionando la presencia del pecado original en su ser angelado o presentándose como "Toti, qué tal muchos gusto encantado" cuando alguien se acercaba a darle la paz como lo hizo en mi comunión. Esa fue la segunda vez que me convencí que terminaríamos todos ardiendo en el infierno de los herejes.
Mi madre me dice que volviendo de una reunión en Olivos ayer, pasó por la puerta de Santa María de La Lucila y decidió entrar unos 40 años después. Parece que el lugar sigue igual, la misma austeridad, las mismas paredes blancas. Dice que se sentó un rato, pensó en lo que había pasado ahí tantos años atrás, su casamiento, mi bautismo, en los que ya no estaban, en que ella sigue de pie, agradeció otro tanto (no es una mujer religiosa) y caminó el resto del camino hasta su casa.
40 años después.

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Sunday, August 05, 2012

Súper 8


La mujer de la filmación es rubia, tiene el pelo corto (no cortísimo como yo pensaba) y unos enormes anteojos redondos de vidrio azul. Hay viento. Ella camina por la playa y cada tanto se da vuelta y mira a cámara sonriendo. Lindos dientes. Cuando se aleja, la cámara la toma de atrás. El pantalón azul, la remera apretada, la cintura diminuta. Se vuelve a dar vuelta. La cámara se acerca. Tres cuartos americano y de repente toma un primerísimo plano de su cara y de nuevo la sonrisa con labios pintados apenas en un color medio nacarado tan típico de la época.
Es mi mamá. Camina por La Mansa en Punta del Este y Toti la sigue con la cámara, una Súper 8 que después fue mía junto a una moviola que aprendí a usar perfectamente (cortaba y editaba a mano con tijerita y scotch) y que ahora no tengo ni la menor idea de dónde podrán estar. Me da miedo preguntar, me da miedo ser la responsable de haberlas perdido. Y lo peor es que creo que es así, que las perdí. Esas cosas no vuelven, les perdí el rastro.
El material ya está en DVD. Lo puedo adelantar y atrasar a mi voluntad. Desde la silla de al lado mi viejo pone play pero me deja los comandos. Soy mucho mejor con el mouse.
Ahora son tomas de mamá en la playa en bikini.
-Mirá qué gambas, esa cintura…Brigitte Bardot parecía…
Mamá está de espaldas, mira el mar de brazos cruzados. Tiene una bikini rosa, ese cuerpo perfecto, el pelo cortito y rubio volado por el viento. La cámara la va recorriendo como enamorada. De repente me incomodo, como en medio de un momento demasiado íntimo, entre mis viejos encima. Toti mira fascinado a esa mujer de la que se enamoró hace más de 50 años.
-Mirá lo que es tu mamá…
Yo apenas la reconozco, es la misma de las fotos, sí, pero en movimiento. Sí reconozco su forma de andar, cómo se para con la mano en la cintura, los brazos cruzados, las manos y las uñas. Por lo demás es una mujer en la playa. La intimidad del momento me sigue perturbando un poco, era una filmación para ellos, esas cosas de sonrisas cómplices a la cámara y mi vieja un poco tímida siempre, retraída y medio inconciente de su propia belleza.
Toti pone pausa. Mamá está quieta, sólo vemos su ombligo y la bikini.
-¿Ves? Mirá como le filmo la panza yo. Estaba recién embarazada de vos. En octubre de ese año naciste.

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Monday, July 23, 2012

No hay mal que

Cuando le llevo unas cosas a mi viejo no resisto ese abrazo que me quiere dar siempre (y yo mantengo alejadito como haciendo una palanca disimulada) y me dejo abrazar. Y lloro. Y en mejores palabras le digo que le agradezco que no me rompa las pelotas y me deje cuidar a mi vieja como lo está haciendo. Y el abraza más fuerte que de costumbre (supongo que feliz de que me deje y lo deje actuar de padre), me deja llorar, llora un poco sin ruido y me dice algo así como "cuánto te quiero yo a vos, carozo" y después me dice gracias, por cuidar a mi vieja. Que raro es todo.

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Sunday, June 17, 2012

Ricardito



Mi padre me cuenta un sueño que tuvo. Estamos sentados en la mesa con los restos del té que tomamos juntos. Cada tanto me agarra las manos y me dice algo de "qué lindas manos tenés, siempre prolijitas. Las manos en una mujer son importantes". Les da un beso, uno a cada una y sigue con su sueño. Presto poca atención salvo cuando dibuja en el papel. Ahí la cosa se pone mejor porque aún a la edad que tenemos ambos y cada uno la suya, nos siguen divirtiendo los dibujos. A mí especialmente el verlo agarrar el lápiz mina, darle una sacudida justa como para que baje un punto la mina (debe ser una 0.5 2B porque es bien blanda y escribe oscuro). Dibuja la suela de un zapato (perfecto) y en la suela escribe algo como Henry Smith. No sé si una marca real de zapatos de antes o parte del sueño.
-Y en el sueño yo pensaba y me decía a mí mismo “Son como los zapatos que usaba Ricardito”.
Y dice “Ricardito” como si estuviésemos hablando de algún tío o íntimo amigo que todos, o al menos los miembros de la familia, deberíamos conocer. ¿De quién habla? Empiezo a pensar que es un personaje de ficción. Cuando estoy por preguntar quién carajo es Ricardito veo que jadea un poco y en el momento menos pensado llorisquea.
Resulta que Ricardito era un vecino de la cuadra desde que nacieron, hijo de un psiquiatra del barrio. Ricardito fue “adoptado” por la familia de mi viejo, sobre todo por Toti como era de esperarse, que se encargó de ensañarle a andar en bicicleta (teniendo apenas un poco más de edad). Va a pasar un rato hasta que entienda que lo de "adoptado" es una forma de decir. Toti andaba con Ricardito a cuestas a todos lados, lo defendía y lograba que lo reconozcan y respeten dónde fuera (esto me lo dice mi madre más tarde).
-Hasta al Club Olivos con todos sus amigos.
Ricardito tenía alguna discapacidad física (Toti dice espástico, no lo dice pero se mueve en forma grotesca en su silla y yo digo la palabra). Ricardito se pasaba el día en su casa. Toti me cuenta cómo fue enseñarle a andar en bicicleta. Toti siempre enseñó a andar en bicicleta. Lo hizo conmigo, mi amiga Sofía, esa otra chica que entró tarde al colegio y a la que nadie le hablaba, con mi vecina de la esquina, los nietos de su ex mujer, su hijastro.... Para Toti andar en bicicleta es un asunto importante de la infancia se ve, y nunca, desde que fue muy chiquito, dejó que ningún chico a su alrededor se quedara sin aprenderlo. Ricardito y mi padre y mis tíos fueron creciendo juntos. Toti llora, cada vez entiendo menos. Es un rarísimo día del padre.
-Es que Ricardito se tiró abajo del tren. Se mató. No pudo aguantar.
Lo consuelo desde mi silla, tratando de hacerle entender que era algo inevitable supongo. Más tarde llego a casa y llamo a mi madre. Le cuento que Toti está sensible, le pregunto si será la edad, "esto de llorar" le digo. Le pregunto de Ricardito y le cuento de la culpa enorme que dijo sentir mi viejo con él.
-Dice que se quedó con culpas…
-¿Toti? ¿Justo él? Si lo llevó con el toda su vida, le enseñó a andar en bicicleta... hasta me llevó a mí a tomar en té con Ricardito y su padre un día. Ya estábamos de novios…
Iban pasando los años y en algún momento todos crecieron y “llegaron las minas”. Mi madre dice que “he must have felt really awkward”, que todos siguieron con sus vidas y que Ricardito no pudo más cuando se dio cuento que jamás iba a tener la vida de ellos. Dice que mi padre no debería sentir culpa (hasta creo que le da un poco de lástima que la sienta). Con todos los reparos que ella pueda tener con Toti, siempre reconoció eso del buen tipo, de la gran persona.
Me imagino la calle Villate y mi viejo chiquito de pantalones cortos y anteojitos gruesos empujando una bicicleta con un chico arriba. Viéndolo cómo se pierde a la distancia. Me acuerdo de la casa, ahí nomás de la Quinta. Me madre cierra el cuento, aporta esos otros detalles que lo hacen más siniestro.
-Se tiró abajo del tren, del Mitre. Fue una cosa meditada, muy decidida yo creo, sabía exactamente lo que estaba haciendo.
A veces la gente de Olivos decide morir debajo del tren.

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Thursday, June 07, 2012

In Sickness and in Health

Cuando era muy chica y me enfermaba (lo suficiente como para faltar al colegio) esto tenía que incluir sí o sí fiebre. Sin fiebre no había malestar que amerite el faltazo. Mi madre necesitaba evidencia física del malestar y hasta que descubrí la facilidad con la que se calentaban los termómetros contra una bombita de luz era mi madre la que se acercaba con la palma extendida y la apoyaba contra mi frente. Después se venía lo que yo creía era un beso en la frente pero terminé entendiendo era la simple verificación de la fiebre. Evidencia física. Supongo que un vómito hubiese calificado también. Años después compró unas tiritas que se apoyaban y marcaban, medio como esos gallos o barquitos de vidrio pintados que te decían cómo iba a ser el clima. Violeta intenso tormenta, azul buen tiempo y así. ¿Seguirán existiendo? Si los tocabas eran todos pegajosos.
Antes de la larga lista de termómetros explotados con bombitas y las largas horas de juego con el mercurio volcado sobre el mármol de la mesa de luz, el entretenimiento era otro. El punto era que en el caso de faltar por enfermedad comprobable era casi seguro que tuviese mudanza a la cama de mamá y papá durante todo el día. Ahí me instalaba con almohada propia, tele, bandeja con té con leche en teterita y algunos muñecos a pasar el tiempo. Lo peor era esperar el arranque de la señal de tele que supongo era bien entrada la mañana o casi el mediodía con algo como Patolandia o los Tres chiflados.
Durante esas horas de espera la cama de mis viejos era un barco enorme que terminaba en una proa llena de almohadones y almohadas apiladas y más allá un mar lleno de tiburones. Imposible bajarse. Todo tenía que hacerse en los límites de la cama. El juego terminaba cuando empezaba la tele o bien escuchaba los pasos en la escalera y veía entrar mi bandeja con el almuerzo y mamá atrás que ya había llegado de su trabajo.
Durante la tarde se quedaba conmigo y si realmente deliraba con fiebres altas (más allá del consuelo de que te hacen crecer, cosa que nunca sucedió) se tiraba en la cama al lado mío, bien cerquita, me tapaba y leía. Para la noche ya llegaba Toti con algún regalo (generalmente figuritas) o con los discos esos de cartón que usaban para separar las tortas de material fílmico que yo usaba para pintar. Cuando ya casi me iba quedando dormida, alguien me hacía upa y me devolvía a mi cama.

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Friday, January 20, 2012

Las cosas


Si alguien me llevase con los ojos vendados a cualquier lugar del planeta y en una habitación cualquiera pusiese 3 ó 4 objetos entre un millón de otros, no importa en qué momento de mi vida, yo los hubiese identificado uno por uno como si tuviesen etiqueta. Son de Toti, diría.
Las máscaras africanas que siempre estuvieron en el “cuarto de costura” (arriba del escritorio con persiana) que prolijamente embaló en la valija Samsonite amarilla que hizo cuando se fue, el leoncito de plata que ganó en Cannes, un broche de ropa gigante para agarrar papeles que compró al por mayor y se regalaba a la salida de mi cumpleaños número 10, los Mickey en todas sus versiones, el libro gordo, enorme con toda la historia. No quise peguntar por ese par de esposas. Dado que estaban apoyadas muy casualmente sobre el libro y que más allá había un dedo cortado después de la segunda falange que se enciende en la punta como E.T humano (bueno,de ser posible alguien así) asumí que eran parte de algún truco de magia al que es bastante adepto o habían sido parte de la utilería de alguna película como esos hielos de acrílico que le habían salido cientos de dólares y que aún conserva en una cajita bien envueltos para que no se rayen.
-Ideales para un primer plano de un whisky…
Consigamos la cuenta de Jack Daniels, pienso. ¿Aunque no es whisky eso, no? De todas formas es el que más me gusta en cuanto a etiquetas. Johnnie Walker también estaría bien, ahora que lo pienso y además lo tuvo a Harvey Keitel, pronunciado Keitél y no Kéitel como decía yo.
Arriba está la reproducción del Sovereign of the Seas que una vez alquiló a su dueño y constructor para otra película y terminó comprando. Tiene la historia escrita a mano por el tipo que lo armó; se lee fecha y que fue el clipper más veloz de su clase. Me lee los nudos. Knots, dice. Después me recuerda que el día que decidió comprarlo mamá le rompió el mástil más alto con el baúl del auto y lloró durante horas. Pobre tu madre, también dice, se angustió tanto…y mira hacia afuera por la ventana. Insisto en preguntar por qué teníamos un barco en casa. Digo, nunca fuimos gente de mar, gente de Punta del Este puede ser, Marisconea y El Ciclista en los 80 pero no de mar.
-Me enamoré. Un día va a ser tuya, eh. Te va a ir bien en la biblioteca.
Creo que prefiero la vieja Underwood en la que escribía mi abuelo y soy muy perra y hago una pasada por Christie´s y veo otra reproducción del mismo clipper a unas ocho lucas dólar.
Sigo sumando a mi dudosa herencia, esperando que algún hombre en mi vida sepa apreciarla (más que yo) aunque después me acerco y veo los detalles de las velas enrolladas y los botecitos minúsculos que cuelgan de los costados y el mástil roto por mi madre y enmendado por este hombre “que ya debe haber muerto hace siglos, te imaginarás y con los años fue haciendo juego el pegamento y la madera y se volvió a quebrar” y todo me conmueve un poco.

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Wednesday, December 28, 2011

Charlotte Sometimes


Y hay veces en las que nos sentamos en la mesa, nos tomamos el resto del Chardonnay que me quedó del jueves y hablamos y nos reímos. Mucho. Como padre e hija.
-¿Y ésto?
-Me lo compré en La Toscana. Ta bueno el corcho ¿no? En realidad creo que es para el aceite de oliva...
Mira la botella, señal de que le gustó el vino. Le gusta el blanco como a mí. Como queda poco elijo las copitas antiguas, las verdes.
Hablamos un rato más. Por algún motivo siempre terminamos "filmando". Separa las manos formando dos L enfrentadas con los pulgares y los índices que va levantando despacio. Hoy filmamos un estadio de fútbol en el que asesinan a un presidente.
-¿Dónde ponés la cámara si después querés que aparezca el asesino en la filmación?
Siempre tenemos estos diálogos tan realistas. Contesto correctamente creo y señalo con el dedo el lugar.
-En Texas no les salió tan bien, ojo...
Me hago la viva cuando me aburro.
-En Texas no querían filmar al asesino de antemano. Estamos hablando de que queremos o vamos a querer saber quién fue...
De chiquita había una máxima jugando a las escondidas; "Si vos los podés ver, ellos pueden verte a vos¨. Como con los vecinos que veo desde mi baño sin cortinas. Hago una nota mental para terminar con el exibicionismo gratuito y comprar ese contact para hacer los vidrios esmerilados.
-Fumé.
Después insiste con unos copones rojos que compramos en Sudáfrica con tu madre en esa bodega. Fue hace doscientos millones de años, puede que hubiesen dinosaurios en mi vida pero sí, me acuerdo.
-¿Los sigue teniendo?
-Ni idea...no vivo con mamá.
Me pone cara de "no te hagas la viva" y yo de "entonces no me preguntes boludeces" y nos reímos los dos.
Hay veces que sale así, sin vueltas; hay veces en las que soy bastante normalita, sin exabruptos ni reclamos ni llantos ni emoción excesiva. Este 25 de diciembre al mediodía por ejemplo.

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Sunday, December 18, 2011

Strangers, For All We Know

A veces (solo a veces) me pregunto cómo se sentirá mi madre cuando le hago esos relatos por momentos un poco grotescos, del avance del Parkinson.
Tengo un mecanismo defensivo que es caer en lo más escabroso, decir las cosas más terribles, recurrir a las imágenes más crueles porque dicho así, la realidad se vuelve un poroto. La monstruosidad la pongo en el relato. Y ahí queda. Aunque claro, develado el mecanismo defensivo deja de tener efectividad. ¿A quién estás engañando, no?
Volviendo a mi madre y esas veces en las que pienso qué sentirá por el deterioro de mi padre. No pienso en el de ella que parece ser más lento y por qué no, equilibrado, como las mayoría de las cosas que hace; ese hombre del que alguna vez se enamoró o creyó haberse enamorado y siguió casada 27 años. Todavía hoy –sólo por unos pocos años- estuvieron casados más tiempo del que estuvieron separados. Apenas por 4.
Yo creo que ya son extraños con ese afecto acostumbradizo de los conocidos. Sin embargo, preguntan siempre por el otro, más últimamente (supongo que por el paso del tiempo es más apropiado preguntar) y el interés parece ser auténtico. Creo que mi padre quiere más a mi madre de lo que ella a él. Con razón, a pienso y también me sube algo por la espalda cuando detecto esa alianza callada y hasta negada que siento.
Difícil entender la historia de amor ajena, más la de tus padres. Pienso en mis propias historias de amor y lo que siento hoy por esas personas. Entiendo un poco ese cariño actualizado. No soy de esa gente que deja de querer fácil.
Vuelvo una vez más a mi madre. Todo lo que sabe de mi padre es a través mío. La última vez que se vieron fue hace más de un año, para mi cumpleaños sorpresa de 40. La misma incomodidad que el día que se murió mi abuela paterna y mi viejo se lanzó desconsolado a llorar en los brazos de mi madre. Creo que retrocedí y me fui de la escena. No fue hace tanto y parecía tan desbordado y la cara de mi vieja, dura, abrazando a medias pero al mismo tiempo llorando. Hasta donde yo vi. Son dos extraños, no hay duda. Vidas paralelas. Seguramente terminen sus vidas así, cada uno por su lado y habiendo vivido más años separados que juntos. Una vez más yo seguramente sea la responsable de unirlos; en esos relatos, de mi niñez, de mi vida, de estas dos personas que fueron mis viejos.

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Tuesday, November 29, 2011

Aloha

Lo veo bajar imposiblmente lento del taxi. Salgo a buscarlo; viene a casa a ver cómo está quedando todo después de tantos meses. Cuando se da vuelta lo veo mejor, más de cerca: saco azul con botones dorados (el clásico de toda la vida con esos botones que había que buscar por cada ciudad del mundo), el bastón y camisa con flores. Sí, camisa con flores. Mi padre, que nunca se alejó demasiado de James Smart (conceptualmente hablando) primero porque jugaban al rugby juntos y segundo porque ese es su estilo, de repente está usando una camisa de flores en bordó oscuro con margaritas y orquídeas en blancos y verdes. No termino de entender si enloqueció y no se dio cuenta que es un look medio aseñorado de señora o qué y lo único que espero antes de llamar a su médica es una explicación al respecto.
Llega.
-Me la regaló X. Es una camisa hawaiana. Hawaiana de Hawai.
Haiana de Hawai. Es una pieza auténtica. Hasta Ricardo Montalbán y Tatú usarían una. Eso la justifica, es verdad y más el cariño por su amigo surfer que se la regaló supongo.

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Tuesday, July 05, 2011

Parenthood

Me llama con la voz entrecortada,
¿Primer reacción? Me asusto.
-¿Qué pasa, Toti?
Dice que cree que dos tipos en el Carrefour se lo llevaron puesto y le robaron el celular.
Bronca. Pena. Impaciencia.
-¿Te hiceron algo?
-No.
Se impacienta con esa ansiedad que tienen los viejos, quiere cancelarlo ya, comprar otro ya, denunciar ya, que yo lo resuelva ya.
Corto. Lo primero que hago es llamar al número. ¿Quién atiende? Mi padre.
-Bueno, evidentemente no te lo habían robado y los bolsillos son grandes.
Voy pareciéndome a un monje zen a puro rivotril. Algún día me iluminaré.

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Friday, June 10, 2011

I walk the line




En la mesa quedan los dibujos que va haciendo en un sobre del banco mientras habla por teléfono, mientras charla conmigo o piensa. Nunca va a dejar de impresionarme la facilidad con que lo hace.
-Pero nunca puedo repetir uno. Aunque quiera. El estilo, sí, la línea, pero nunca sale como quiero.
Me pregunto para qué querría repetir si con tal de que me salga así una única vez yo me quedaría tan conforme.

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