Saturday, July 16, 2016

Brontosauro

En la terraza hay ropa recién lavada que se mueve apenas con este viento de verano y se seca al sol. Estos buenos algodones que a mis ojos “no requieren plancha”. Soy muy rápida para aplicarle esa etiqueta a la ropa: mucho más fácil atribuírselo a los 300 hilos peruanos que a mi propia vagancia.
Mi abuela no estaría de acuerdo. Todo era planchable, hasta una bombacha que nadie llegará a ver. En lo único que he sido obediente es en la parte del secado al sol. Nada lo reemplaza. Los días de sol eran canastos y canastos que viajaban desde el lavarropas a la terraza ardida de mi abuela para secarse por turnos, doblarse y recién ahí guardarse en los cajones con sobrecitos de lavanda envueltos en tul.
Mientras los algodones  flamean más livianos, me llega el perfume del agua invisible que se va evaporando. No el costoso “olor a limpio”  que intentan inyectarle a fórmula de Ariel si no este olor a secado al sol que ningún científico perfumista puede envasar jamás en ninguna botella.
Todo esto mientras leo un genial prólogo de Nicholas Shakespeare a In Patagonia de Chatwin. Me divierto con una anécdota diminuta de la fascinación de Chatwin con un pedazo de cuero con pelos rojos en una vitrina en la casa de su abuela. Cuando preguntó de qué se trataba (era demasiado chico para leer el cartelito escrito a tinta medio borroneada que lo identificaba) le contestaron “un pedazo de brontosaurio”. Y ese pedazo de brontosaurio se convirtió en lo que más quiso poseer en el mundo.
En mi casa materna había una cabeza de hacha perfecta de una piedra marrón muy lisa y pulida y un borde filoso esculpido un poco rústicamente pero de todas formas peligroso. Era un pisa papeles o al menos ese era el irrespetuoso uso que  se le dio miles de años después. Yo también pregunté muy temprano de qué se trataba.
-Una cabeza de hacha prehistórica.
La habían encontrado familiares campesinos de mi abuela materna en Francia. El arado las levantaba todo el tiempo y esta en particular fue un regalo que trajo mi abuela de su única visita a Europa después de las guerras a visitar lo que quedaba de su familia. El hacha viajó a la Argentina y con el tiempo se mudó a casa de mi madre y con su peso pasó a sostener papeles en su lugar.
Un día robé la cabeza de hacha y la escondí en mi mochila para llevar al colegio para un proyecto sobre la prehistoria.
¿Quién en todo el colegio podía ser poseedor de algo como esto? ¿Quién tener en su propia casa una herramienta que había pasado por las manos de verdaderos hombres de las cavernas? Un utensilio que, como mínimo, había sido usado para cortajear el grueso cuero de un mamut recién cazado. ¿Quién?
Con tanto manoseo, y después de haber sobrevivido no sé cuántos años de historia humana, el hacha se cayó sobre una de las baldosas del colegio y se le desprendió un pedazo. Chiquito, casi como un chispazo que parecía haber sido quitado por el mismo tallador pero que yo intenté pegar sin éxito con Voligoma y disimuladamente devolví a su lugar. La culpa era enorme, como haber derribado por una distracción todos los huesos de un enorme T Rex exhibido en un museo de Ciencias Naturales a vista de todos. Igual pero sin el estruendo.
El cachito terminó desprendiéndose definitivamente y nadie pareció notarlo. Con los años le perdí el rastro al hacha y asumí que no había sobrevivido las mudanzas familiares. Hace unos meses, en un almuerzo en lo de mi madre, se me ocurrió abrir un cajón en busca de las cucharitas de café del “juego bueno”. Ahí estaba, en medio de ese cajón entre los cuchillos de plata. Pensé en robarla por segunda vez pero no era urgente. Ahí estaba, igual que siempre, mi “pedazo de brontosauro”.


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Tuesday, August 05, 2014

Vuelvo

Sin frente marchita ni nada que se le parezca. Con un corte de pelo, apenas. Y apenas unos centímetros más corto. Nada drástico. Una cobarde, claro.
Y un montón de anotaciones que van desde papelitos sueltos, cuadernos viejos, dorsos de presupuestos en borrador y en la última página de mi Moleskine correspondiente al 31 de diciembre que viene así como de regalo por si las moscas y nadie usa. Porque para ese entonces ya cualquier persona de bien tiene su nueva agenda y con ansiedad por estrenarla y ese día no se usa porque no pasa nada. Ese día termina el año y punto. Ese día puede usarse para escribir. Yo escribí ahí. También en unos espacios por encima de la conversión universal de medidas, los talles internacionales, los códigos de discado, un planisferio con los husos horarios y la duración de vuelos internacionales. Todo inútil. Todo garabateado con mi letra, desprolija pero con dejo a colegio inglés y años de tortuosa caligrafía. Renglones y renglones de cursivas mayúsculas y minúsculas hasta llegar a la perfección bajo el ojo meticuloso de Mrs. Henry que era de History pero igual no le gustaba mi letra.
Dudo que alguien se acuerde de lo complicada que era la H cursiva mayúscula. Yo me acuerdo. No la uso más como se debe pero me la sé a la perfección, con todas sus curvitas y sus idas y vueltas como la E que no es un simple rulo. No, no.
Ahí escribí. Y en un montón de pedacitos más que iré transcribiendo. Si vale la pena. O no.
Pero volví.
Y escribí. Hasta en un 31 de diciembre que todavía no llegó.

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Tuesday, November 05, 2013

La mirada de Zulema y los enanos del jardín


Mis abuelos vivían en esa esquina de Debenedetti en La Lucila, desde tiempos en los que la avenida Maipú (la que es Cabildo, dos veces Santa Fe en Martínez y el centro y mucho más lejos Centenario) era de tierra y pasaba el lechero en carro. A unas pocas cuadras de lo de mis abuelos, en una casa a la que me sería imposible llegar de memoria ahora porque de chico uno no registra los recorridos y tiende a entregarse a la caminata del adulto que te lleva de la mano, vivían dos hermanas: Cándida y Zulema. No sé exactamente dónde ni cuán cerca. Dos cuadras podían parecer kilómetros si nadie respondía a tu upa.
Generalmente era mi abuela la que decidía que iba a tomar mate a lo de Cándida y Zulema y me llevaba con ella. Vivían en un PH al que entrabas por un pasillo largo (mi padre se hubiese referido a eso como un "conventillo" pero también sigue diciendo palabras como "hacer zaguán" y "había una romería de gente") y tenía un jardín al final del pasillo antes de entrar a la casa. En el jardín había una de esas hamacas de madera en las que te sentás enfrentado y empujando la cola para atrás y generando algún movimiento repetitivo con las piernas apoyadas sobre la base que ahora no sé si podría reproducir, te terminabas hamacando violentamente en vaivén pero sin altura. Yo me hamacaba solita, de alguna manera me las ingeniaba para arrancar y después ya era cuestión de sostener el movimiento. Si estabas sola era todo más liviano y mucho más rápido.
Lo más fascinante del jardín de Cándida y Zulema eran no sólo los malvones y geranios que crecían colgados de esas paredes blancas como en una isla griega, si no los enanos de jardín que podías encontrar escondidos si te escabullías entre las demás plantas y canteros. Ahí estaban, levemente descoloridos por los años y las lluvias, cubiertos de moho con gorros rojos despintados y apoyados sobre una pala o cargando una canasta. Enanos en el jardín era algo sublime, imposible de encontrar en ninguno de los paquetísimos jardines que yo recorría. Yo conocía jardines diseñados con cuidado donde los únicos extras podían ser una piedra estratégicamente colocada o algún macetón enorme de reminiscencia toscana aceptable. Enanos jamás.  Ni esas uñas de gato, ni plantas de la moneda, ni todas esas suculentas que aún estando tan de moda son tan claramente "plantas de abuela" y yo reproduzco con tanto arte en mi terraza. El jardín de Candida y Zulema lo tenía todo y yo estaba fascinada con que me dejaran perderme solita por ahí. Probablemente tuviese el tamaño de un arenero un poco más grande de lo común pero a mí me parecía enorme y tenía mis rincones favoritos donde volver cada vez que las visitaba.
De Cándida me acuerdo muy poco, salvo que era una mujer chiquita con voz chillona, de batón permanente, ya viuda para cuando la conocí y con olor a mate cocido. Zulema, soltera, de pelo blanco peinado con spray y ruleros y una bizquera importante, había sido profesora de piano. "La señorita Zulema". En mis fantasías está vestida de negro y tiene esos anteojos que cuelgan del cuello agarrados con una cadenita que termina en una perla justo donde agarra con la patilla. Nunca la vi ni la escuché tocar el piano, un piano en el que seguramente tocó mi madre en su infancia. Creo que fue Zulema la responsable de mandar a mamá al conservatorio antes de que el piano muriese incendiado víctima de una rata a la que se le había dado por anidar ahí. ¿Serán verdad todas estas cosas que recuerdo? A mí Zulema me quería a la distancia con un cariño medio astigmático, como a la “hija de Elenita” (así la llamaba a mamá) y me seguía por el jardín con esa mirada estrábica por la que nunca sabías demasiado si te estaba mirando a vos o buscando algo más allá. Raro que con padre bizco yo no hubiese logrado domar la dirección de la mirada de Zulema. La mayoría de las veces parecía que miraba una abeja posada sbre la punta de su nariz. Pero no había nada.
Cuando mi abuela se mudó al departamento de al lado de casa en Olivos, todavía las visitaba. CándidayZulema, así todo junto, en tándem. Hasta las imaginé muriendo juntas, cada una en su cama individual: Cándida porque parecía de esas mujeres que en la viudez y ausencia de un hombre, reducen el espacio y hablan de lo impráctico de una "cama camera" y Zulema, muriendo en la cama de una plaza, esa misma en la que había dormido toda su vida. Virgen. Sola.

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Sunday, September 22, 2013

Charlotte Censored

Escribo cosas impublicables. Censurables. Deshonro mi propio Uncensored y censuro hasta el hartazgo, hasta dejar la pantalla en blanco. Censuro hasta empezar de cero cada vez. O guardo en documentos en rincones de esta máquina a los que va a ser imposible acceder como si así dejaran de existir. Y puede pasarme que en un futuro sea como meter la mano en el bolsillo de atrás de ese jean y encontrar así de la nada un billete que ni sabías que habías perdido. Mejor, abrir esa agenda vieja y darte cuenta que en la solapa había escondido un billete de cien dólares, dobladito y tan bien guardado ahí que sobrevivió los años y vos ni te habías acordado que existía. Estoy haciendo eso con lo que escribo, viendo si en un futuro se puede leer, sobrevivir la devaluación.
Y sorprenderme.

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Thursday, August 22, 2013

Round 4



Tengo un Red Label cuyo destino es básicamente el whiskola con Coca Zero hasta que aprenda a tomar whiskey como una mujer que se precie, como corresponde, como una Joan Crawford furiosa de cejas espesas. Nada de eso, el whiskola nomás, sin vasos revoleados por ahí ni fotos en conjuntitos que hacen "pendent" con el empapelado.
Cuando leí Mommie Dearest de la pobrecita de Cristina Crawford (hija adoptiva de la monstruosa Joan) estaba en plena época de rebeldía con mi vieja. Ella un día entró en mi cuarto y en plena pelotera me tiró "You're stuck with me. At least I'm better than her" y la señaló a Joan, ahí en la tapa del libro. Mucho mejor, claro, pero así era la adolescencia parece.
Me falta bastante para convertirme en esa mujer. A veces pienso que me falta bastante para convertirme en una mujer, punto, que sigo siendo una niñita (malcriada a veces, por mí misma ahora). Mi analista parece coincidir y cada comportamiento de mierda que tengo tiende a adjudicarlo a “esos aspectos infantiles que tenés a veces”.  El eufemismo psicoanalítico para pendeja de mierda tal vez.
Hay turno de cirugía. Una primer cirugía preparatoria este lunes en la que el cirujano intentará cortar los vasos sanguíneos del estómago, salvo por su irrigación principal y poder ver así en unos días, cómo respondió el estómago de mi madre para lo que sigue. Luego sacará el esófago (por completo, cortando donde marcaron hoy) y usará la parte más saludable de ese estómago para unir a lo que quede ahí arriba. Anastomosis.  Me aprendí la palabra. Como unir dos mangueras.
Nicolás estuvo sentado a mi lado durante la explicación.
-Vení con tu marido.
Eso había dicho el doc. 
-No tengo marido y no creo que pueda conseguirlo para la semana que viene pero tengo un buen amigo que puede hacer las veces de.
Parece que el cirujano no es exigente con los vínculos y aceptó. Nos sentamos en su escritorio y dibujitos de por medio explicó todo el procedimiento que yo entendí a la perfección, mejor que Nicolás creo, que preguntó si no había un tubo que pudiese colocarse en reemplazo. 
Porque soy yo la que puede decir anastomosis así de corrido y saber lo que quiere decir.
Y esofagectomía. Pero eso es una semana después. Y nada de hacerse la niñita. Llegó la fecha. Llegó el round 4.

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Friday, August 02, 2013

Revisionismo histórico: I Am the Captain of My Soul


Parece que vio Invictus el otro día en la tele.
-No que me interesase demasiado la película pero dado que tu padre jugó tanto al rugby y me comí tantos partidos...
La frase queda colgada en el aire, como autoexplicándose y disculpando su interés por un deporte que le trajo tantos dolores de cabeza. Ella prefiere el fútbol, el europeo de ser posible. Consume Champions League y puede dejar su lectura de Joyce por un Milan-Inter.
-El fútbol europeo es tanto más lindo, tantos más pases…otra cosa.
Supongo lo compara al local que también consume, aunque menos.
Me adjunta un mail con un poema, una frase de Morgan Freeman en la película le llama la atención y googlea. Le gusta la voz de Freeman (¿a quién no?) y la sorprende la tardía sensibilidad del bonito de Clint.
-Mirate los puentes de Madison si no…
No son de pasársele desapercibidas las palabras, como a mí. O a mí como a ella. En estos tiempos de revisionismo histórico es importante todo esto del huevo y la gallina y cada vez me encuentro más gallina, vine después de todo, llegué al mundo con una madre que ya había leído Joyce, Dh. Lawrence, Hardy, Fitzgerald, Faulkner y todos esos que yo iría descubriendo y releyendo con los años. Como dice una amiga, de un conejo no sale una gallina o tal vez es otra metáfora con otro animal. Pasan estos días y voy encontrando más cosas que nos hacen irremediablemente parecidas y otras que nos separan irremediablemente también. Soy un bicho raro a veces, a sus ojos. Le asombra un poco mi libertad, la celebra y a veces edita y baja línea. La ignoro, la obedezco, la escucho, le grito. Todo internamente y en silencio. Revisionismo histórico.
¿Qué serán otras de las grandes cosas que me quedarán de ella? Las maravillosas dedicatorias que escribió en cada uno de los maravillosos libros que me regaló.  De puño y letra, bien pensadas, bien escritas, bien dichas, cortas y al punto.
Ah, porque se ve que mi madre y yo, también podemos escribir.

El poema que me mandó esta mañana.

Invictus

OUT of the night that covers me,
Black as the Pit from pole to pole,
I thank whatever gods may be
For my unconquerable soul.

In the fell clutch of circumstance
I have not winced nor cried aloud.
Under the bludgeonings of chance
 My head is bloody, but unbowed.

Beyond this place of wrath and tears
Looms but the Horror of the shade,
And yet the menace of the years
Finds, and shall find, me unafraid.

It matters not how strait the gate,
How charged with punishments the scroll,
I am the master of my fate:
I am the captain of my soul.


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Thursday, June 27, 2013

Intoxicada


Yo pintaba platos esa noche. Un día había visto una mina que lo hacía y como con todo, yo miro dos minutos y me creo (la mayoría de las veces engañada) que lo puedo hacer. De ser así hubiese sido patinadora, esas que hacen figuras caches sobre el hielo. Básicamente lo hice para levantarme a un chico que me gustaba. ¿Es que acaso existe alguna otra motivación que el sexo para hacer locuras? Entonces anoté los elementos que tenía que comprar, partí con mi listita y volví con miles de pigmentos en polvo de nombres maravillosos como “Azul de Prusia” que se tenían que mezclar con un aceite. Ponías el polvito en un plato, dejabas caer unas gotas del aceite, mezclabas con una espátula diminuta y estaba el esmalte listo para usar. En el plato blanco había dibujado en negro (a mano alzada) y con pincel fino iba pintando, llenando los espacios como un vitraux salvo que en el horno el negro desaparecería por completo. El aceite tenía un dejo a clavo de olor y alcanfor (fuerte) que te iba mareando a las pocas pinceladas. Obviamente yo pintaba con la tele encendida porque soy una artista a medias y siempre lo fui. En el noticiero pasaban el caso de un chiquito que se había caído en un pozo muy profundo en un barrio que ya no me acuerdo. Hacía horas ya estaban tratando de rescatarlo, pasando agua y no sé qué cosas más. Yo escuchaba de fondo y cada tanto levantaba la mirada del plato lleno de colores como para descansar del alcanfor y el clavo y veía las imágenes en la televisión.
Pinté muchas horas; la tele siempre de fondo. Cuando puse a secar el último plato, sacaron al chiquito del pozo. Estaba muerto. Hay varios olores a muerte en mi cerebro confundido. El alcanfor y el clavo de olor, por ejemplo.

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Wednesday, April 24, 2013

No Method to My Madness


Creo que hago todo -cantar, cocinar, escribir y pintar- más o menos con el mismo método: ninguno, el sin método aplicado. No creo que sea algo necesariamente bueno. De hecho, en ocasiones lo extraño. Como cuando apoyo un pincel cargado y esa mancha que queda no tiene nada que ver con la que había pintado en mi cabeza. O esa oración larga, cacofónica y sin arreglo que dejo morir ahí porque no tengo método posible de resucitación. Sin CPR para la escritura. O ese curry soso de quínoa que salió esa vez y no había sal ni especias ni cardamomo de Bengal ni polvo milagroso de no sé donde que lo volviera de un estado de compota maléfico y terminal. Al tacho. O cuando canto con Juan y siete veces me tiene que marcar la entrada en Lovesong de The Cure, levantando cejas como para darme la señal, separando en sílabas, marcándome con su zapatilla sobre la alfombra de casa y yo mirando sorda y odiándome con eso que sale tarde de mi boca. Afinado al menos.

Pero a veces, sólo a veces, cae una gota de color en la esquina perfecta, el papel se comporta como un buen verjurado de 300gramos, las cebollas se caramelizan a tiempo, se tiñen con vino tinto y por la temperatura derriten apenas el Brie y ese párrafo cierra perfecto después de ese punto y cantamos una versión de lo más presentable de "Dance me to the end of Love" de Cohen, tanto que yo grito excitada un grabémosla, please. Pero a veces, sólo a veces.




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Sunday, March 31, 2013

Family Ties


En esos cumpleaños, cuando ya se había ido todo el mundo, Toti decidía que las pocas que quedábamos podíamos jugar a las escondidas pero con una vuelta de tuerca. Era él el que te escondía en algún lugar y el resto tenía que buscarte. Pero el asunto no era tan sencillo: el tipo te trepaba, por ejemplo, a lo más alto de la enorme biblioteca del living, te ponía libros a cada costado y te hacía sostener un jarrón y jurar que te ibas a quedar quietísima y muda por el tiempo que fuese. Lo que sucedía, generalmente, es que el resto miraba en tu dirección y por algún motivo pasaba de largo con la mirada y no te descubría. También estaba el canasto de la ropa de lavar, hecha una bolita minúscula y silenciosa o de estatua detrás de los impermeables colgados en el baño de abajo. La clave era desaparecer, confundirte con el ambiente como para no llamar la atención, una práctica camaleónica de supervivencia que yo ya manejaba a la perfección.
Mi tío dice que su familia le parecía tan rara, tan ajena, que cuando jugaba en el fondo del jardín donde vivían cerca de la quinta presidencial, miraba la casa encendida y sus integrantes y pensaba:
“Algún día me van a venir a buscar, mi verdadera familia, estos no pueden ser en serio los que me tocaron.”
Dice que ya pensaba eso de muy chiquito, que había caído en el lugar equivocado. Si hubiese existido Spielberg supongo que hubiese manejado la cuestión alienígena, pero no, más bien pensaba en algunos seres bastante normales, muy humanos que iban a tocar el timbre un día y rescatarlo.
Mi padre que lo quiere mucho porque a los hermanos se los quiere y además el quiere porque quiere, dice que de chico era un mierdita que le rompía las muñecas de porcelana a mi tía, les rompía la boca con una cuchara y decía que era porque las estaba “operando de la garganta”. Por suerte Freud no caminaba por Olivos, todavía.
Mi viejo se fue tarde de esa casa, demasiado. Antes, vivió solo en un cuarto que había en el fondo del jardín porque mi tío se había "casado de apuro" y hasta conseguir lugar donde vivir se quedaron todos ahí. En dulce montón. Como en una telenovela barata de la media tarde en canal trece. Mi viejo también miraba la casa desde el fondo del jardín, pero no fantaseaba rescate (supongo) y según mi madre se quedó demasiado. De repente nunca se fue y simplemente se casó con mi madre y fingió crecer, dirigir cine, ganar plata, perderla y ser mi padre. 

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Saturday, March 02, 2013

Paint it Black


Ese verano fue el verano en que me dejaron usar delineador negro. En realidad no fue tanto un permiso como que sucedió. Un día volví de la playa, fui a caminar por Gorlero con las chicas y volví con una bolsita con un delineador negro chiquito y un brillo de labios rosa (seguramente nacarado) con olor y gusto a frutilla. Antes de eso, únicamente había tenido cosas de juguete y después había pasado al maquillaje que le robaba a mi madre. Jugaba con esas bolitas tonalizadoras de Guerlain, me pintaba los párpados de unos celestes imposibles y el rouge, en mi cabeza era exactamente eso, rouge, red, rojo. Nada más.
Esa noche, así como así me acerqué al espejo, empujé apenas el párpado inferior con el dedo y delineé.  Adentro. Cosa que nunca volví a usar. Parpadié. Una línea parejita, sin salirme de los bordes. ¿Yo? Hacía años que venía practicándolo, no podía fallar, había nacido para esto. Después, abrí el circulito con la pasta rosa de frutilla,  y con el anular saqué un poco, lo puse dando golpecitos sobre los labios sin hacer ese gesto de refregarlos uno contra otra que lo único que hace es desemprolijar todo el asunto, me miré en el espejo y consideré que estaba lista.
En el camino de salida me encontré con la mirada de mi madre, la miré, me miró. No dije nada. No dijo nada.
-Nos vamos a Gorlerear...
En la puerta de entrada había un espejo más como para mirarse por última vez. Siempre que lo había hecho (esto de estar maquillada) había sido  de puertas adentro, esta vez parecía ser en serio y era un poco como salir disfrazada a la calle, todavía jugando.
Cuando me encontré con mis amigas estaban todas igual, el delineador negro, el brillo en los labios, las cherokees en los pies, el palito de la feria hippie con las iniciales del chico que te gustaba (y jamás te había hablado), la camisa abultada y el cinturón enorme.
Punta del Este tenía algo de “what happens in Vegas stays in Vegas” y no sabía muy bien qué sucedería en Buenos Aires cuando volviese. Yo, de todas formas, volví con mis dos únicos y preciados ítems de belleza en la valija. Y así fue como de un día para el otro y sin saber mucho cómo ni por qué,  salí  a la vida “toda pintada” y nunca perdí la fascinación por esas chucherías.

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Saturday, February 09, 2013

Mujeres de lindos pies


-Es un lindo trapo ese.
Asumo que se refiere a la pollera esta, desflecada en el dobladillo. Los dos miramos a la vez hacia abajo.
-Tenés lindos pies vos, como tu madre. Hay que cuidar los pies.
Mi padre tiene esta obsesión con los pies. Cada  vez que tengo sandalias (que es más o menos todo el verano) me los mira con cuidado y va comprobando año a año que están igual o parecidos a lo que se veían cuando era chica. Supongo que sufre los propios, como muchas otras cosas pasadas los ochenta pero los pies le preocupan particularmente. Siempre me dio gracia. De chica nos criticaba a mi madre y a mí por andar todo el veranos descalzas. “Como dos indias” decía. Después venían los largos cuentos acerca de las bailarinas y sus pies dañados. No sé en qué momento vio tantos pies. O tantas bailarinas. 
Cuando yo tomaba clases de ballet, me apuraba a llegar antes al vestuario para sentarme al lado de la profesora (Poli, una colorada longilinea que didn’t quite make it to the Colón) y poder ver bien de cerca cuando se sacaba las zapatillas de punta. Miraba desde mi banco, con las patitas colgando, cómo Poli iba desatando con una habilidad envidiable las cintas de raso rosa Dior, se bajaba las polainas y descubría un pie. Era un pie sufrido, claro, años de estar parado de punta, pero era un pie de bailarina y en algún lugar su falta de perfección lo hacía más lindo. Aún así, abandoné el ballet tempranamente. Era buena en la barra y en el centro pero como en el piano, la disciplina y el esfuerzo no eran lo mío y me di cuenta rápido.
Mi padre hace que ponga el pie de costado.
-Tenés buen arco.
Y se supone que yo debería estar orgullosa de mi buen arco. Ya hemos tenido esta conversación varias veces. Se repite. Pasamos por los pies de mi madre, las bailarinas, reviso su medicación.
-Te falta Levofloxacina y un Madopar más, de esos tomás 5 por día…
Se sorprende.
-¿Cómo sabés?
-Porque sé, Toti, porque sé.
Y anoto. Eso y Rifampicina. Lo abrazo largo y bajamos juntos. Me felicito por la normalidad con la que me manejo. Se va a su café con Quique. “Son novios” le digo.  Se ríe y camina bastante destartalado hasta Austria siempre al borde de desmoronarse. Cada dos o tres pasos mira para atrás para verificar que yo esté bien. Cada dos o tres pasos yo me doy vuelta para lo mismo.

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