Saturday, March 02, 2013

Paint it Black


Ese verano fue el verano en que me dejaron usar delineador negro. En realidad no fue tanto un permiso como que sucedió. Un día volví de la playa, fui a caminar por Gorlero con las chicas y volví con una bolsita con un delineador negro chiquito y un brillo de labios rosa (seguramente nacarado) con olor y gusto a frutilla. Antes de eso, únicamente había tenido cosas de juguete y después había pasado al maquillaje que le robaba a mi madre. Jugaba con esas bolitas tonalizadoras de Guerlain, me pintaba los párpados de unos celestes imposibles y el rouge, en mi cabeza era exactamente eso, rouge, red, rojo. Nada más.
Esa noche, así como así me acerqué al espejo, empujé apenas el párpado inferior con el dedo y delineé.  Adentro. Cosa que nunca volví a usar. Parpadié. Una línea parejita, sin salirme de los bordes. ¿Yo? Hacía años que venía practicándolo, no podía fallar, había nacido para esto. Después, abrí el circulito con la pasta rosa de frutilla,  y con el anular saqué un poco, lo puse dando golpecitos sobre los labios sin hacer ese gesto de refregarlos uno contra otra que lo único que hace es desemprolijar todo el asunto, me miré en el espejo y consideré que estaba lista.
En el camino de salida me encontré con la mirada de mi madre, la miré, me miró. No dije nada. No dijo nada.
-Nos vamos a Gorlerear...
En la puerta de entrada había un espejo más como para mirarse por última vez. Siempre que lo había hecho (esto de estar maquillada) había sido  de puertas adentro, esta vez parecía ser en serio y era un poco como salir disfrazada a la calle, todavía jugando.
Cuando me encontré con mis amigas estaban todas igual, el delineador negro, el brillo en los labios, las cherokees en los pies, el palito de la feria hippie con las iniciales del chico que te gustaba (y jamás te había hablado), la camisa abultada y el cinturón enorme.
Punta del Este tenía algo de “what happens in Vegas stays in Vegas” y no sabía muy bien qué sucedería en Buenos Aires cuando volviese. Yo, de todas formas, volví con mis dos únicos y preciados ítems de belleza en la valija. Y así fue como de un día para el otro y sin saber mucho cómo ni por qué,  salí  a la vida “toda pintada” y nunca perdí la fascinación por esas chucherías.

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Tuesday, May 05, 2009

My kingdom for a cuppa

La recepcionista de la oficina de mi primer reunión de la mañana me ofrece un café. Acepto. Salí a las corridas de casa y no tuve tiempo de hacerme el mío. La escucho llamar al bar de acá abajo sobre Cerrito. La escucho pedir un café con leche en taza grande. No repara en la redundancia. El café con leche es en taza grande. Si no estamos hablando de otra cosa, otra cosa que no me interesa a esta hora. La semana pasada la iluminé acerca de las diferencias entre un café con leche y uno en vasito mitad y mitad y el clásico cortado que se pide con seña y dos dedos. Hay una diferencia. Conceptual. Hay cosas que tienen que quedar claras, cosas con las que no se jode.
¿Ovulando? Eso mismo.

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