


En la casa de Olivos había un biblioteca enorme que abajo había dos puertas con roperitos en los que estaban guardados los vasos de wisky. Era básicamente una biblioteca para los “coffee table books” que mi madre no quería apoyar en la coffee table además de todos los libros de arte, cine y fotografía que eran demasiado altos para los estantes comunes. Inclusive ese de Hiperrealismo con el cuadro de la pareja cogiendo que mamá escondió en lo más alto cuando vio que yo lo hojeaba con demasiada atención y poca edad, mucho más que las naturalezas muertas y los retratos. Por lo demás, los libros “de leer” estaban por toda la casa. Porque en cada hueco libre había una biblioteca. Siempre ganaban los de mi madre. Toti apenas tomaba territorio acá y allá y después cuando se fue se usó cada espacio libre con libros.
Creo que lo extrañé cuando recién se fue, los primeros días. ¿O fue más que eso y ya no me puedo acordar? ¿O ganó la paz y tampoco me puedo acordar de eso? Sí me acuerdo del olor a Paco Rabanne que había quedado en el mármol del mueble donde guardaba sus sweaters que todavía tengo y unos libros de Historia del Cine 1 y 2 que tardó en llevarse. Esos también tenían gente desnuda, una Eva en la película de Vadim, BB tal vez y otra era una chica totalmente cubierta de pintura dorada como una versión femenina y humana del robot C3PO de Star Wars y desnuda, claro. ¿Sería una chica Bond?
No tengo ningún criterio para ordenar nada en mi vida, tampoco libros. Apenas si están los de Entropía juntos porque me gustan las tapas alineadas en distintos colores y además son amigos y los de poetas ingleses porque los saco y los pongo todo el tiempo como si fuesen libros de recetas. Lo demás todo así incongruente y como me da el tiempo y la paciencia que siempre escasean.
Tengo nueva biblioteca y ahora voy a tener que convocar a todos los libros que dejé en lo de mamá hace 15 años a que vuelvan. Porque ahora hay lugar. Incoherencia y lugar.
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