La Boa y La Cuca. La constricción de la Boa
LPD se baña, se viste, se perfuma y se va a trabajar porque había planificado sendas reuniones con sus clientes locales. Lo saludo con un beso en la puerta y un dejo de desilusión.
-Pedíte algo para comer, tomar, hacé lo que quieras mi amor y todo cargalo a la habitación, ya?
LPD termina muchas de sus oraciones con ya, que es más bien un iá. Sonríe, sonrío. Intuyo una leve desesperación por huir. Yo que soy bastante perceptiva puedo reconocer a 100km a un hombre atorado. Es bastante obvio. Con el tiempo me lo admitió, le pega ese síndrome de Lobo Estepario. No era la primera vez que veía a un hombre en esa situación y no sería la última. Ahí estaba, solita con todo un día por delante en el hotel como una de esas corporate wives salvo que sin el marido y sin el shopping y en un rol que no me pega nada de nada. Suelo ser yo la que sale apresurada a las reuniones. Ahí estuve, vagabundeando por Bal Harbour. Probé todas las opciones. Playa. Jubilados italianos flotando. Me hice íntima de los jubilados, por supuesto y floté con ellos hasta el mediodía. Me aburrí. Saqué mi auto del parking y salí a manejar por ahí. Volví. Pasé a la pileta con libro. Cargué un vodka tonic al sol al Room 1210, please. Volví al cuarto. Me bañé. Me encremé. Ni señales de LPD. Debía andar por ahí aireándose.
Cuando registrás el atore ajeno tenés dos opciones, encarar y rajar o callar. Callé. Faltaba una noche más y yo me iba a NYC. LPD volvió efectivamente aireado y la cuca y la boa se amigaron a la hora de la siesta. La boa se desenrosca en la cama. Es cuestión de tunearle la música correcta en su ipod y como buena encantadora de serpientes hacer que se ponga a bailar, hacer que despacito salga de su canasto y se menee.
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