Monday, December 09, 2013

Entering the whirlpool


Es verano con ruido a ojotas que chancletean sobre pisos mojados con aguas de pileta.
-Qué manía esa que tienen ustedes de andar descalzas. Parecen indias…
Mi padre se refiere a nosotras como “ustedes”, a mi madre y a mí, dos indias rubias transitando el verano descalzas (como corresponde) aún bajo las amenazas de que “se deforman los pies”. Mi padre siempre tuvo una obsesión con los pies femeninos y se dedicó a comentar eso de mi madre y aún lo hace de los míos.
-Lindos pies.
Aprueba.
En la pileta yo me hundía para no escuchar o mejor dicho para escuchar esos ruidos deformados abajo del agua. Todo lejano, mejorado. Los gritos de otros chicos de otras piletas cercanas como tapados por almohadones líquidos. Abajo del agua todo es mucho mejor. Hay chicos en una tribu de gitanos en el sudeste asiático que pueden ajustar su visión de manera tal de hacer foco casi perfecto abajo del agua de mar. Dicen que con cierto entrenamiento cualquiera podría lograrlo. No es algo físicamente imposible salvo que yo no sé hacerlo. Algo con lo que soñé toda mi vida, eso y ser una de esas mujeres buscadoras de perlas que bajan vestidas a lo más profundo sólo armadas con un cuchillo.
Después, salir de pileta tiritando y acostarse sobre baldosas calientes hasta secarse por completo. La respiración agitada y con la pera apoyada sobre un antebrazo oler la piel quemada por el sol. La piel cambia de olor cuando está al sol. Se quema.
A la noche cazaba incansablemente bichitos de luz que no son tan lindos como cuando están encendidos; son más bien unos cascarudos de cuerpo negro y patas movedizas que se vuelven perfectos cuando están incandescentes. Beauty on, beauty off.  Igual juntaba coraje para agarrarlos con la mano y meterlos dentro de un frasco de mermelada vacía con tapa agujereada para que respiren. Durante la noche los veía prenderse y apagarse por turnos en ese mundo diminuto que les había armado en el frasco. Les ponía pedacitos de pasto (como a los camellos de los reyes magos) para que tengan un poco del espacio en el que habitaban y no extrañasen. A la mañana siguiente habían desaparecido, misteriosamente, como el pasto de los camellos. Alguien los sacaba de mi mesa de luz. Muertos supongo.
Un millón de años después sigo nadando largas piletas debajo del agua. No sé si son los Camparis que me tomé antes de zambullirme pero abajo del agua todo está lleno de sombras; concluyo que son las nubes que van tapando el sol de a ratos. Nada del agua me da miedo. Me acuerdo del primer verso de Death by Water en The Wasteland. (*) Yo no muero en el agua, yo revivo y vuelvo a ser chica con muchísimos años más.

(*)  Death by Water

by T. S. Eliot
Phlebas the Phoenician, a fortnight dead,
Forgot the cry of gulls, and the deep sea swell
And the profit and loss.
                                         A current under sea
Picked his bones in whispers. As he rose and fell
He passed the stages of his age and youth
Entering the whirlpool.
                                       Gentile or Jew
O you who turn the wheel and look to windward,
Consider Phlebas, who was once handsome and tall as you.


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Monday, February 25, 2013

Summer Reading


Hay libros de verano y veranos que son un libro, o varios. Ese año que me arrastraron las olas gigantes pasando Manantiales y casi no pude salir sin la ayuda de Z que me sacó, me puedo acordar exactamente los libros que estaban apoyados en la mesa de luz y hasta esa nota mental que me hice acerca de la incomodidad de la tapa dura. Me acuerdo como se me iban corriendo las páginas y yo me iba quedando sin libro. Ese quiero pero no quiero terminar. Y terminarlo y no poder arrancar con el siguiente. “Casi como una falta de respeto” me decía alguien el otro día. Un poco eso. Pequeño duelo, casi como el final de un affaire había dicho yo,  tener la piel del otro demasiado conocida y necesitar un poco de aire para que se vaya evaporando y volver a entusiasmarte.  
Esa vez lo terminé y esperé un poco hasta el próximo, hasta tener la sensación de que estaba lista. Y no funcionó, lo abandoné a las pocas páginas. Y otro más y tampoco. Promiscuidad lectora. No funcionaba. Después las insufribles comparaciones y nada fue tan bueno, ni tan emocionante, ni le pegaba tan en la tecla, ni estaba tan bien contado, ni era lo que tenía ganas de leer ahora, ni, ni, ni…
Este fui uno de mis libros del verano, raro en mí esto de leer en castellano. Me lo habían recomendado dentro de una larga lista y lo ignoré. Revisando la biblioteca de Toti antes de irme lo encontré ahí y bastante descreída lo agarre´con gesto  de "me lo llevo, total después veo". 
Una tarde y un día entero de playa y desapareció. No empecé con el próximo aún. Lo busco. Está por ahí y todavía el verano tiene algunos días.


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Tuesday, February 28, 2012

Esos árboles sin foco


Y la cosa es que cuando las ves a lo lejos (y no tan lejos también), las casuarinas parecen estar fuera de foco. Permanentemente. Los bordes borrosos, difusos, astigmáticos. Así veo yo a la distancia cuando me saco los anteojos. "Astigmatismo meópico contra la regla" creo que era el diagnóstico. Contra la regla, se ve que hasta para ver a la distancia me rebelo un poco. Los chicos se traumatizaban cuando les ponían anteojos. Yo me senté un día en cuarto, abrí el estuche y miré a los costados y al frente. Fin de la cuestión. Se ve que fui una niña bastante segura de mí misma. Nunca nadie dijo nada y yo siempre consideré que me quedaban muy bien.
-Te dan mucha personalidad, creo que decía mi viejo.
Esas pelotudeces que dice la gente creyendo que uno necesita consuelo. La personalidad la tuve antes. Creo.
-Me calientan esos anteojos.
Alguien.
El astigmático ve el mundo como los mortales ven las casuarinas siempre.

-¿Es agua que corre?
En realidad no se lo digo como pregunta, más bien lo afirmo porque creo estar segura que es el ruido del arroyo que pasa al final del jardín, pero cuando nos acercamos caminando me doy cuenta que no, que es el viento que pasa por las casuarinas y hace ese ruido a agua que corre. Raro. Esos árboles sin foco.

El viento recién se calma a la tarde, cuando empieza a caer el sol. Antes me trabo en una lucha cuerpo a cuerpo con la Nación y concluyo que es una tarea imposible y la abandono. Opto por mi libro nuevo. Empezar un libro siempre es un gran momento para mí. Lo levanto como para tapar el sol que me da en la cara. El viento paró y las casuarinas se callaron.

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Wednesday, March 03, 2010

Las leyes del desierto y el mar

Hay una ley entre los beduinos, en el desierto, que indica que al menos por tres noches con sus días, uno debe dar de comer y beber a cualquiera que lo pida, aún tratándose del enemigo. Al cuarto día uno puede matarlo si quiere, pero no antes.
Tirados en la arena (no del desierto sino de la playa) amigo me cuenta la historia.
-Me queda una noche más y me liquidás entonces...
Z se extiende mucho más allá de la ley que rige en el desierto, mucho más que un beduino y me quedo en su casa 7 noches.
Amigo Z conoce la ley del desierto y la ley del mar. Todas las mañanas se acerca al bañero y hace sus consultas. No tengo idea de lo que hablan pero lo hacen un rato y siempre vuelve con información.
-Hay que meterse acá, te arrastra hacia allá, salís como 100 metros hacia José Ignacio. Hay un banco acá nomás. Si nadamos hacia adentro y pasamos la rompiente nos paramos en el banco. ¿Lo ves? Más allá de los surfers. El agua ahí te llega hasta la rodilla.
Cabe aclarar que su acá nomás es una medida relativa. Amigo está monotemático con la rompiente como solo puede estarlo un varón y no me deja leer más de 15 páginas seguidas sin arrastrarme al mar. Pasar la rompiente se torna en su obsesión.
-¿Y qué pasa de este lado de la rompiente, no nos podemos quedar acá flotando?
De repente me he vuelto una cobarde. Esto de mi miedo al mar es nuevo. Trato de hablar en el intervalo que hay desde que la ola se aproxima, que la tengo que encarar de frente y mandarme un rato abajo del agua hasta que pase (porque no está bueno salir antes y que falte mitad de ola por pasar) y que saco la cabeza hasta que me revuelca la próxima. Es breve. Hablo poco. El mar es caótico y estoy en un pozo sin opciones. La ola me revuelca y Z estira una mano y me lleva hasta donde está el. Yo miro agradecida y confirmo todavía tener la bikini en su lugar.
-De este lado de la rompiente chupás pija. ¿Te gusta chupar pija?
Z está conforme con que el mismo mar me ha enseñado la lección. Si te quedás acá como una tarada, chupás pija. Más allá de la rompiente, la paz. Asumo que la metáfora aplica exclusivamente a esta situación de la ola reventándote repetidamente encima mientras tratás de flotar, con la imposibilidad ya sea de nadar hacia la costa o flotar tranquila. Asumo que si de esto se trata, la respuesta a su pregunta sería que no, no me gusta.

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Friday, February 26, 2010

The Sea and Me


Me debato con las cosas importantes de la vida, si el protector 60 en la cara o si los tiempos me dan entre que pase esa nube y mi salida del mar para no pasar un segundo de frío. A veces son temas más serios como si pasando la rompiente se tranquilizan las cosas acá adentro o qué me voy a poner esta noche para ir a comer a lo del mismísimo Cipriani. Y si mi italiano funciona socialmente para seguir una conversación, por ejemplo. Tengo registros de varios cuentos para hacerte que se te van a sacar carcajadas. Mientras tanto llego a varias coclusiones como que hay una hora perfecta entre las 9 y las 10 de la mañana en que el mar se tranquiliza y te da 60 minutos de paz sin tener que agradecerle que te devuelva la bikini en la orilla y que la siesta no es lo mío. Envidio que todos se hayan escurrido a sus cuartos y aunque me encantaría dormirme acá en mi cama enorme, blanquísima que mirando el mar, pero no, creo que bajo a la playa, where I belong.

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Tuesday, February 23, 2010

The young man and the sea

El mar tiene corderitos, me gusta decir que tiene corderitos.
Z te quiere arrastrar al mar y convencerte que no está frío pero yo lo miro desde acá con mi libro. Oficialmente ya me engaché y ahora temo terminarlo antes de irme.
Otherwise, life is pretty perfect over here.

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Monday, December 28, 2009

Life in the tower

Tengo un cuarto en un altillo que da justo a la copa de los árboles y cuando llueve (porque llueve) escucho la lluvia que pega en el techo que debe ser de chapa. El mar desde acá no lo puedo escuchar pero sé que está cerca y es suficiente.
En mi altillo tengo el espacio perfecto para guardar todas mis chucherías, mis libros, tengo dos toallas blancas enormes como a mí me gusta (una para el pelo y una para el cuerpo) y nadie se acerca así que puedo caminar sin ropa sin correr el riesgo de que me vean (a no ser por un ángulo diminuto debajo de la escalera desde el que podrían espiar los habitantes de abajo). Pero no lo hacen. Y cuando me buscan, suben apenas unos escalones y desde ahí me llaman. Dicen mi nombre bajito. Pero no suben. Y este altillo que debería ser territorio común del lugar porque tiene una tele gigante para ver películas por las noches ha pasado a ser de mi propiedad y nadie se le atreve sin pedir permiso. O casi.

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Sunday, December 27, 2009

Pink nights

Ruta 2 y antes de que me agarre el encierro automovilístico absoluto llegamos. Estoy como en un retiro espiritual marino o más bien un spa salvo por los vasitos de champagne que me tomo antes de comer mientras escucho un poco de música y miro por la ventana como ahora. Arboles, muchos, muy altos y nadie demasiado cerca.
No me canso de que las olas me revuelquen y a la noche sueño que soy surfer. Hice una rara elección de libros antes de venir –siempre llevo al menos 3- y terminé por uno de Doris Lessing, viejo, gastado y forrado con papel de regalos para que no termine de deshacerse con una próxima lectura. Me gustan los libros leídos, libros que hayan pasado por otras manos.
A la tarde me encuentro corriendo cerca del mar con Calamaro sonando en el iPod. Esos besos, canta Calamaro. Y le sigo la letra mientras respiro, mientras trato de no perder el aliento en las subidas del camino.
-¿Una copita de champagne? Lo que quedó de anoche. -Dale.
-¿Cómo está?
-Quietecito…maso.
Dueño de casa hace recambio por botella nueva.
-A ver ahora Anchorena.
Me río.
-Mucho mejor.
Se fue la tormenta y el cielo está encendido fuego cerca del horizonte. ¿Cómo era el dicho? Pink dawn, shepherd´s warn. Pink night, shepherd´s delight. Eso. No sé por qué les preocupará tanto la lluvia a los pastores.

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Tuesday, April 14, 2009

El campo y el mar II. Foresight. Febrero de 2009


Escrito a las 3 de la mañana en una noche de lluvia. Seguía a esto.

Después desarrollo teorías que me saquen el miedo porque M contó esos cuentos de naufragios y marineros muertos a unos pocos metros pasando el jardín, a unos pocos metros de mi cama. Pavadas que me entretienen un rato y me distraen. Pienso y me digo mentalmente que enamorarse es un poco como la intoxicación, pero no eso de estar intoxicado de amor, digo la intoxicación esa de abrazarse al inodoro, esa en la que podés identificar con una exactitud casi quirúrgica que lo que te mató fue el langostino. Y no el langostino del chaufán así en general, el langostino, uno en particular, comillado, italizado, “el langostino”, ese que te liquidó. Y podés hacer un recorrido por todas las comidas y todos los bocados del día sin efecto alguno, pero cuando te acordás de ese langostino, zas, de nuevo al inodoro. Todo revuelto. Intoxicación, decretás.
Sin los mismo efectos, cuando alguien te sigue pegando es algo parecido. Podés hacer un recorrido de todos los hombres de tu vida, de los que te enamoraste y de los que no tanto, de los que te gustaron mucho poquito, nada y por completo y no hay efecto. No hay efecto físico al menos. Pero te acordás de uno en particular, la cara, la voz, los gestos, un abrazo, el gusto de la boca y hay algo en la panza. Es como el langostino del chaufán, todavía te revuelve. Un revoltijo entre placer y dolor que ya sabemos que puede terminar siendo lo mismo.
"Sos como el langostino de mi chaufán". Sería una buena frase.
Después de esa vez que me intoxiqué en lo de mamá y Toti tuvo que llevarme a una guardia, durante años nunca volví a probar un langostino. Por algo le dicen food poisoning. Es envenenamiento liso y llano. Te toma. Después se va y te queda la idea. O se pasa o te mata.
Y un día te ves en el barrio chino comprando langostinos para un risotto con vino blanco y queda impecable y les perdés el miedo por completo.
A los langostinos.

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Wednesday, February 11, 2009

El campo y el mar I

Puede que haya sido alguna sustancia, pero cuando me metí en la cama a la noche me pasaban las imágenes así como en esos cuentitos en los que tenés que pasar las páginas rapidísimo como para ver la historia animada. ¿Cuántos fotogramas por segundo eran? Habría que preguntarle a Toti. Esto era imparable. Eran caras de gente, de hombres, dibujadas que iban cambiando. Era preferible eso que atormentarme con la idea del fantasma que rondaba la casa, el cuento del capitán.
Desde el jardín podía verse más allá el barco hundido, los pedazos de metal encajados en la tierra que hace como 80 años era playa y un poco más allá el horizonte y los médanos y el mar que en realidad se veía como una línea plateada cuando le pegaba el sol.
-¿Ya dije que yo no le tengo miedo a los cacos?
Lo dije durante la comida.
-A mí me da miedo lo sobrenatural. Please aflojen con cuentos de fantasmas y esas pelotudeces porque la paso como el culo.
Camote se compadece de mí. Aflojan. Aunque algo escucho, aunque algo registro y a la noche, obvio, con todo oscuro y todos durmiendo tan lejos de mi cuarto. Cuando escucho los golpes en el vidrio de la cocina concluyo que es la perra que golpea con la cola. Me autoabastezco de explicaciones racionales para tranquilizarme. También puedo dormir con la luz encendida, la chiquita. Puedo decir a la mañana siguiente que fue el vino, que el torrontés ese de Sur me interrumpió la lectura. O puedo decir que sí, que tuve miedo.

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