Monday, January 13, 2014

Seguimos cantando

Monday, December 09, 2013

Entering the whirlpool


Es verano con ruido a ojotas que chancletean sobre pisos mojados con aguas de pileta.
-Qué manía esa que tienen ustedes de andar descalzas. Parecen indias…
Mi padre se refiere a nosotras como “ustedes”, a mi madre y a mí, dos indias rubias transitando el verano descalzas (como corresponde) aún bajo las amenazas de que “se deforman los pies”. Mi padre siempre tuvo una obsesión con los pies femeninos y se dedicó a comentar eso de mi madre y aún lo hace de los míos.
-Lindos pies.
Aprueba.
En la pileta yo me hundía para no escuchar o mejor dicho para escuchar esos ruidos deformados abajo del agua. Todo lejano, mejorado. Los gritos de otros chicos de otras piletas cercanas como tapados por almohadones líquidos. Abajo del agua todo es mucho mejor. Hay chicos en una tribu de gitanos en el sudeste asiático que pueden ajustar su visión de manera tal de hacer foco casi perfecto abajo del agua de mar. Dicen que con cierto entrenamiento cualquiera podría lograrlo. No es algo físicamente imposible salvo que yo no sé hacerlo. Algo con lo que soñé toda mi vida, eso y ser una de esas mujeres buscadoras de perlas que bajan vestidas a lo más profundo sólo armadas con un cuchillo.
Después, salir de pileta tiritando y acostarse sobre baldosas calientes hasta secarse por completo. La respiración agitada y con la pera apoyada sobre un antebrazo oler la piel quemada por el sol. La piel cambia de olor cuando está al sol. Se quema.
A la noche cazaba incansablemente bichitos de luz que no son tan lindos como cuando están encendidos; son más bien unos cascarudos de cuerpo negro y patas movedizas que se vuelven perfectos cuando están incandescentes. Beauty on, beauty off.  Igual juntaba coraje para agarrarlos con la mano y meterlos dentro de un frasco de mermelada vacía con tapa agujereada para que respiren. Durante la noche los veía prenderse y apagarse por turnos en ese mundo diminuto que les había armado en el frasco. Les ponía pedacitos de pasto (como a los camellos de los reyes magos) para que tengan un poco del espacio en el que habitaban y no extrañasen. A la mañana siguiente habían desaparecido, misteriosamente, como el pasto de los camellos. Alguien los sacaba de mi mesa de luz. Muertos supongo.
Un millón de años después sigo nadando largas piletas debajo del agua. No sé si son los Camparis que me tomé antes de zambullirme pero abajo del agua todo está lleno de sombras; concluyo que son las nubes que van tapando el sol de a ratos. Nada del agua me da miedo. Me acuerdo del primer verso de Death by Water en The Wasteland. (*) Yo no muero en el agua, yo revivo y vuelvo a ser chica con muchísimos años más.

(*)  Death by Water

by T. S. Eliot
Phlebas the Phoenician, a fortnight dead,
Forgot the cry of gulls, and the deep sea swell
And the profit and loss.
                                         A current under sea
Picked his bones in whispers. As he rose and fell
He passed the stages of his age and youth
Entering the whirlpool.
                                       Gentile or Jew
O you who turn the wheel and look to windward,
Consider Phlebas, who was once handsome and tall as you.


Read more: T. S. Eliot: Death by Water | Infoplease.com http://www.infoplease.com/t/lit/wasteland/death.html#ixzz2n0NgA9pA

Labels: , ,

Tuesday, November 19, 2013

Teresa y el gorrión


Había varios cuentos que Toti me hacía de chica. Estaba ese que no era cuento y más bien un juego tonto en el que cuando yo preguntaba "¿Y entonces qué pasó?" venía la inevitable y siempre idéntica respuesta que me hacía morir de risa y de bronca e impotencia: "Y entonces vino la gatita blanca y se tomó tooooda la leche". Siempre en el mismo tono, siempre la misma O larga y ese efecto mágico que tiene la repetición (y la predictibilidad) en los chicos. Después estaba el del señor que había logrado achicar todos sus animalitos de granja y tenía vacas y ovejitas en miniatura que caminaban y pastaban sobre su escritorio mientras él trabajaba. Ese era de la autoría de Toti y hasta a veces venía con dibujos. Yo podía imaginarme perfectamente unas ovejitas minúsculas como los conejitos de algodón que escupían en ese cuento de Cortázar que leí muchos años después. Me parecía algo perfecto: una oveja lanuda y diminuta trepándose a tu mano desde el borde de un papel o asomándose detrás de una máquina de escribir. Pero después estaban esos cuentos de su infancia, que no eran cuentos.
Teresa había nacido en el campo y en algún momento de sus adolescencia, como tantas otras mujeres como ella, vino a Buenos Aires a trabajar "en casa de familia". La familia que le tocó en suerte (o no tanto) fue la de mi padre; básicamente sus tareas eran cuidarlo a él y sus dos hermanos, una mujer unos años mayor y el negro, el menor.
-Teresa nos crió- me dice mi padre y yo me sorprendo un poco que no haya sido mi abuela, esa madre tan devota que todos idolatran y recuerdan aún como "mami".
La cosa es que como buena mujer de campo, cuando Teresa encontró ese pichón caído del nido ni se le ocurrió abandonarlo y mucho menos visitar a un veterinario si no que se lo llevó a su cuarto y lo fue criando con paciencia. Le daba lombrices picadas con la punta de un palito, gotitas de agua y lo mantenía caliente entre medias de lana, algodones y plumas de un viejo plumero desarmado.
Era de esperarse que Toti, maravillado como suele estar con cualquier animal, fuese a su cuarto a ver los progresos que hacía el pichón. Tanto progresó que creció hasta la adultez y se pasó la vida revoloteando libremente por la casa de la calle Malaver en Olivos donde vivían y descansando en el hombro o el dedo índice de Teresa cuando ella lo llamaba.
-Era como un perro...una cosa increíble.
Tan dócil era el gorrión que hasta tomaba saliva de la lengua extendida de Teresa.
-¿No me estás exagerando, no?
-Por Dios, era así. Pero un día Teresa se casó y nosotros crecimos y ella se fue de casa a vivir con su marido. Venía a visitarnos cada tanto. Todavía tenía el gorrión...
A Toti se le nubla un poco la mirada. Yo me acuerdo aún del final del cuento, me lo contaba de chica cuando yo pedía "el cuento de Teresa y el pajarito". Entonces al borde de mi cama el me lo contaba y los dos nos entristecíamos cuando Teresa se casaba y se iba con su marido, el mismo que una noche se levantó y se calzó sus pantuflas para ir al baño. Era una noche de frío y el gorrión no había tenido mejor idea que abrigarse adentro de una de las pantuflas y dormir ahí, cerca de Teresa.

Labels: ,

Tuesday, November 05, 2013

La mirada de Zulema y los enanos del jardín


Mis abuelos vivían en esa esquina de Debenedetti en La Lucila, desde tiempos en los que la avenida Maipú (la que es Cabildo, dos veces Santa Fe en Martínez y el centro y mucho más lejos Centenario) era de tierra y pasaba el lechero en carro. A unas pocas cuadras de lo de mis abuelos, en una casa a la que me sería imposible llegar de memoria ahora porque de chico uno no registra los recorridos y tiende a entregarse a la caminata del adulto que te lleva de la mano, vivían dos hermanas: Cándida y Zulema. No sé exactamente dónde ni cuán cerca. Dos cuadras podían parecer kilómetros si nadie respondía a tu upa.
Generalmente era mi abuela la que decidía que iba a tomar mate a lo de Cándida y Zulema y me llevaba con ella. Vivían en un PH al que entrabas por un pasillo largo (mi padre se hubiese referido a eso como un "conventillo" pero también sigue diciendo palabras como "hacer zaguán" y "había una romería de gente") y tenía un jardín al final del pasillo antes de entrar a la casa. En el jardín había una de esas hamacas de madera en las que te sentás enfrentado y empujando la cola para atrás y generando algún movimiento repetitivo con las piernas apoyadas sobre la base que ahora no sé si podría reproducir, te terminabas hamacando violentamente en vaivén pero sin altura. Yo me hamacaba solita, de alguna manera me las ingeniaba para arrancar y después ya era cuestión de sostener el movimiento. Si estabas sola era todo más liviano y mucho más rápido.
Lo más fascinante del jardín de Cándida y Zulema eran no sólo los malvones y geranios que crecían colgados de esas paredes blancas como en una isla griega, si no los enanos de jardín que podías encontrar escondidos si te escabullías entre las demás plantas y canteros. Ahí estaban, levemente descoloridos por los años y las lluvias, cubiertos de moho con gorros rojos despintados y apoyados sobre una pala o cargando una canasta. Enanos en el jardín era algo sublime, imposible de encontrar en ninguno de los paquetísimos jardines que yo recorría. Yo conocía jardines diseñados con cuidado donde los únicos extras podían ser una piedra estratégicamente colocada o algún macetón enorme de reminiscencia toscana aceptable. Enanos jamás.  Ni esas uñas de gato, ni plantas de la moneda, ni todas esas suculentas que aún estando tan de moda son tan claramente "plantas de abuela" y yo reproduzco con tanto arte en mi terraza. El jardín de Candida y Zulema lo tenía todo y yo estaba fascinada con que me dejaran perderme solita por ahí. Probablemente tuviese el tamaño de un arenero un poco más grande de lo común pero a mí me parecía enorme y tenía mis rincones favoritos donde volver cada vez que las visitaba.
De Cándida me acuerdo muy poco, salvo que era una mujer chiquita con voz chillona, de batón permanente, ya viuda para cuando la conocí y con olor a mate cocido. Zulema, soltera, de pelo blanco peinado con spray y ruleros y una bizquera importante, había sido profesora de piano. "La señorita Zulema". En mis fantasías está vestida de negro y tiene esos anteojos que cuelgan del cuello agarrados con una cadenita que termina en una perla justo donde agarra con la patilla. Nunca la vi ni la escuché tocar el piano, un piano en el que seguramente tocó mi madre en su infancia. Creo que fue Zulema la responsable de mandar a mamá al conservatorio antes de que el piano muriese incendiado víctima de una rata a la que se le había dado por anidar ahí. ¿Serán verdad todas estas cosas que recuerdo? A mí Zulema me quería a la distancia con un cariño medio astigmático, como a la “hija de Elenita” (así la llamaba a mamá) y me seguía por el jardín con esa mirada estrábica por la que nunca sabías demasiado si te estaba mirando a vos o buscando algo más allá. Raro que con padre bizco yo no hubiese logrado domar la dirección de la mirada de Zulema. La mayoría de las veces parecía que miraba una abeja posada sbre la punta de su nariz. Pero no había nada.
Cuando mi abuela se mudó al departamento de al lado de casa en Olivos, todavía las visitaba. CándidayZulema, así todo junto, en tándem. Hasta las imaginé muriendo juntas, cada una en su cama individual: Cándida porque parecía de esas mujeres que en la viudez y ausencia de un hombre, reducen el espacio y hablan de lo impráctico de una "cama camera" y Zulema, muriendo en la cama de una plaza, esa misma en la que había dormido toda su vida. Virgen. Sola.

Labels: ,

Wednesday, October 16, 2013

Desnudos y derrumbes


La gente odia que le cuentes los sueños pero de alguna forma se las ingenia para contarte los propios. Debo hacer lo mismo. De hecho, siento que tengo que hacerlo por si me lo olvido antes de la próxima sesión, hasta llegar a vomitarlo sin espacios ni comas ni límites de caracteres. Sobre todo uno como el de anoche en el que sueño con mi vieja casa de Mansilla, diminuta ella en sus dos diminutas plantas, casi tal cual era en la realidad (como si eso importara en un sueño) y una gotera insoportable que caía desde la bañadera llenándose en el piso de arriba, tan insistente y dañina que hacía que se caiga el techo entero. No un derrumbe, si no simplemente como perdiendo toda una capa en una única pieza bien prolija. Y yo pensando que debería venderla, aún en estos tiempos de dólares inciertos,"no puedo mantener dos casas y una con expensas". Los asuntos oníricos deberían ser menos mundanos, hasta recuerdo la cifra adeudada. ¿Si es significativa esa cifra, en términos interpretativos? Por supuesto. Redondita en sus 4 cifras.
La casa está vendida y ya no es mía. Vaya a saber qué son estos techos que se derrumban ante mis ojos en sueños.
El me hace las preguntas más insólitas y terminamos teniendo conversaciones ridículas mientras una banda ancha defectuosa nos deja por turnos congelados en pantalla vaya a saber con qué gesto en la cara. Que feo no poder controlar eso tampoco, el rictus con el que te va a congelar el Google Hangouts. El otro día le cuento que cuando duermo sola no puedo dormir completamente desnuda y una raída musculosa blanca 3 Ases es a mí lo que el Chanel Nro.5 a Marilyn. Distinto es dormir acompañada y seguir de largo después de una noche de sexo. Como que el haber cogido te da la licencia.
-Como si quedase muy expuesta, ¿ubicás? Si duermo con alguien sí, pero sola no, me tengo que dejar algo puesto siempre. Por si acaso...
Los hombres no entenderían algo así "porque no tienen estos miedos" pienso.
¿Por si entra alguien? ¿Por si hay un fuego repentino? ¿Un llamado en la mitad de la noche que me obligue a salir disparada al medio de la calle?
Y esta puta costumbre de querer controlarlo todo. Los derrumbes y los desnudos.

Labels:

Tuesday, October 15, 2013

Beautiful Monster

Resulta ahora que si escribo bien es por tal cosa de mi abuelo paterno o la similitud con mi tía Pirucha que es tan ocurrente. Las acuarelas que pinté el otro día son claramente "influencia de tu padre que es tan talentoso dibujando".  Canto "igual que tu prima, misma leve afonía". También vienen del lado paterno parecería lo mucho que gesticulo al contar, cierta facilidad para el relato oral y vaya a saber qué más, ¿no? Sumemos la nariz polaca de abuelo materno, el green thumb de mi abuela materna junto a su amasado de pastas y así hasta Adán y Eva...
Porque si bien jamás pretendí ser tratada como algún tipo de organismo unicelular de generación espontánea y reproducción asexual tampoco ser este Frankenstein genético en el que me han convertido.

Labels:

Thursday, October 10, 2013

Otro 10 del 10

Y van 43.
Este viene manso y tranquilo.
Y yo, muy por el contrario, rebelde y alterada.
¿Buen timing, no?

Labels: ,