Avistaje y contacto en Palermo Zoo
Esto de correr o caminar por Palermo es rarísimo. Hace unas semanas que agarré el hábito. Muscu vieja, joggineta y zapatillas son el atuendo poco prometedor, teléfono en una mano y (nadie sabe de dónde salió ya que nunca tuve auto propio y menos uno de éstos) un llavero Audi amarillo alrededor del cuello que es lo único que encuentro en casa para no llevar las llaves en la mano. Mientras corro pienso que es un clásico de los que encuentran los CSI alrededor del cuello de la corredora y entonces me paranoiqueo con la fauna local y a todos les veo cara de asesinos seriales.
Las opciones de recorrido son pocas: lago grande, lago chico, a favor o en contra de las agujas del reloj. Mi elección es lago chico arrancando desde el monumento de los españoles y en contra de las agujas del reloj como lo hace mi amiga. Ahora se que si me la quiero encontrar tengo que ir en contra. Mientras camino hago cálculos mentales de las velocidades que deberíamos tener cada una de manera de estar caminando en la misma dirección y aún así divisar la espalda de la otra. Porque concluyo que siempre veríamos una espalda. Mientras camino me entretengo sacando perfiles. Los que te miran de reojo cuando corren con los amigos, los que pican a último minuto para hacerse los langas y después escupen los pulmones atrás de un arbusto, la señora que me cruzo 3 veces y las 3 veces me pregunta si vi un par de anteojos que se le cayeron. Si yo la reconozco ella me tiene que reconocer a mí. Está la madre abnegada en rollers que empuja un cochecito que hace eses y pienso en el pobre bebé mareado, los rugbiers que se ve andan preparando la pretemporada y después los que llegaron hace unos años después de un pedo que duró desde que los sacaron desmayados de In the Grove y de repente se vieron trotando en la misma zona 20 años después. A mí me va más la de los pendejos vaguitos que se tiran a fumarse una cosita y apretar debajo de los árboles en el Rosedal. Me parece que la tienen bastante más clara pero la madurez, ay, la madurez. Y entre las palmeras de Thays, y los cochecitos, los entrenadores compulsivos y los personal engrasados lo veo. Avistaje. A lo lejos viniendo en dirección opuesta el Gran Oso Panda, oriundo de la zona y según se comenta, habitué de los bosques. Remera gris, shorts, zapatillas, trote parejo y ceño fruncido y sin hacer contacto visual. A último minuto un guiño de ojo. Medito la próxima vuelta. Tengo la opción de huir por Sinclair. ¿Qué pensará este señor que me dejó con los jeans a media asta, el corpiño en la mano y los pelos revueltos después de apretujarme contra su heladera? ¿Pensará que tal vez lo estoy acosando? ¿Pensará confundido que pertenezco a la fauna healthy local? ¿Pensará que me mudé de barrio? ¿Pensará? Antes de terminar mi vuelta lo vuelvo avistar. Hago cálculos mentales y concluyo que si yo camino y el corre hay altas posibilidades que nos topemos más rápido que con la doña de los anteojos. Sigo calculando y el Oso Panda se ve cada vez más cerca, más grande. Pienso en tomar una diagonal hacia el monumento y chequear el estado del pelo, probablemente deplorable (Flashdance the later years). Oso Panda más cerca, más grande y cuando está pasando justo a mi derecha y estamos a punto de ignorarnos, los dos alzamos una palma, la chocamos y ¡slap!. Contacto.
Las opciones de recorrido son pocas: lago grande, lago chico, a favor o en contra de las agujas del reloj. Mi elección es lago chico arrancando desde el monumento de los españoles y en contra de las agujas del reloj como lo hace mi amiga. Ahora se que si me la quiero encontrar tengo que ir en contra. Mientras camino hago cálculos mentales de las velocidades que deberíamos tener cada una de manera de estar caminando en la misma dirección y aún así divisar la espalda de la otra. Porque concluyo que siempre veríamos una espalda. Mientras camino me entretengo sacando perfiles. Los que te miran de reojo cuando corren con los amigos, los que pican a último minuto para hacerse los langas y después escupen los pulmones atrás de un arbusto, la señora que me cruzo 3 veces y las 3 veces me pregunta si vi un par de anteojos que se le cayeron. Si yo la reconozco ella me tiene que reconocer a mí. Está la madre abnegada en rollers que empuja un cochecito que hace eses y pienso en el pobre bebé mareado, los rugbiers que se ve andan preparando la pretemporada y después los que llegaron hace unos años después de un pedo que duró desde que los sacaron desmayados de In the Grove y de repente se vieron trotando en la misma zona 20 años después. A mí me va más la de los pendejos vaguitos que se tiran a fumarse una cosita y apretar debajo de los árboles en el Rosedal. Me parece que la tienen bastante más clara pero la madurez, ay, la madurez. Y entre las palmeras de Thays, y los cochecitos, los entrenadores compulsivos y los personal engrasados lo veo. Avistaje. A lo lejos viniendo en dirección opuesta el Gran Oso Panda, oriundo de la zona y según se comenta, habitué de los bosques. Remera gris, shorts, zapatillas, trote parejo y ceño fruncido y sin hacer contacto visual. A último minuto un guiño de ojo. Medito la próxima vuelta. Tengo la opción de huir por Sinclair. ¿Qué pensará este señor que me dejó con los jeans a media asta, el corpiño en la mano y los pelos revueltos después de apretujarme contra su heladera? ¿Pensará que tal vez lo estoy acosando? ¿Pensará confundido que pertenezco a la fauna healthy local? ¿Pensará que me mudé de barrio? ¿Pensará? Antes de terminar mi vuelta lo vuelvo avistar. Hago cálculos mentales y concluyo que si yo camino y el corre hay altas posibilidades que nos topemos más rápido que con la doña de los anteojos. Sigo calculando y el Oso Panda se ve cada vez más cerca, más grande. Pienso en tomar una diagonal hacia el monumento y chequear el estado del pelo, probablemente deplorable (Flashdance the later years). Oso Panda más cerca, más grande y cuando está pasando justo a mi derecha y estamos a punto de ignorarnos, los dos alzamos una palma, la chocamos y ¡slap!. Contacto.
Labels: Deathly Dating, Oso Panda




