Thursday, February 15, 2007

Avistaje y contacto en Palermo Zoo

Esto de correr o caminar por Palermo es rarísimo. Hace unas semanas que agarré el hábito. Muscu vieja, joggineta y zapatillas son el atuendo poco prometedor, teléfono en una mano y (nadie sabe de dónde salió ya que nunca tuve auto propio y menos uno de éstos) un llavero Audi amarillo alrededor del cuello que es lo único que encuentro en casa para no llevar las llaves en la mano. Mientras corro pienso que es un clásico de los que encuentran los CSI alrededor del cuello de la corredora y entonces me paranoiqueo con la fauna local y a todos les veo cara de asesinos seriales.
Las opciones de recorrido son pocas: lago grande, lago chico, a favor o en contra de las agujas del reloj. Mi elección es lago chico arrancando desde el monumento de los españoles y en contra de las agujas del reloj como lo hace mi amiga. Ahora se que si me la quiero encontrar tengo que ir en contra. Mientras camino hago cálculos mentales de las velocidades que deberíamos tener cada una de manera de estar caminando en la misma dirección y aún así divisar la espalda de la otra. Porque concluyo que siempre veríamos una espalda. Mientras camino me entretengo sacando perfiles. Los que te miran de reojo cuando corren con los amigos, los que pican a último minuto para hacerse los langas y después escupen los pulmones atrás de un arbusto, la señora que me cruzo 3 veces y las 3 veces me pregunta si vi un par de anteojos que se le cayeron. Si yo la reconozco ella me tiene que reconocer a mí. Está la madre abnegada en rollers que empuja un cochecito que hace eses y pienso en el pobre bebé mareado, los rugbiers que se ve andan preparando la pretemporada y después los que llegaron hace unos años después de un pedo que duró desde que los sacaron desmayados de In the Grove y de repente se vieron trotando en la misma zona 20 años después. A mí me va más la de los pendejos vaguitos que se tiran a fumarse una cosita y apretar debajo de los árboles en el Rosedal. Me parece que la tienen bastante más clara pero la madurez, ay, la madurez. Y entre las palmeras de Thays, y los cochecitos, los entrenadores compulsivos y los personal engrasados lo veo. Avistaje. A lo lejos viniendo en dirección opuesta el Gran Oso Panda, oriundo de la zona y según se comenta, habitué de los bosques. Remera gris, shorts, zapatillas, trote parejo y ceño fruncido y sin hacer contacto visual. A último minuto un guiño de ojo. Medito la próxima vuelta. Tengo la opción de huir por Sinclair. ¿Qué pensará este señor que me dejó con los jeans a media asta, el corpiño en la mano y los pelos revueltos después de apretujarme contra su heladera? ¿Pensará que tal vez lo estoy acosando? ¿Pensará confundido que pertenezco a la fauna healthy local? ¿Pensará que me mudé de barrio? ¿Pensará? Antes de terminar mi vuelta lo vuelvo avistar. Hago cálculos mentales y concluyo que si yo camino y el corre hay altas posibilidades que nos topemos más rápido que con la doña de los anteojos. Sigo calculando y el Oso Panda se ve cada vez más cerca, más grande. Pienso en tomar una diagonal hacia el monumento y chequear el estado del pelo, probablemente deplorable (Flashdance the later years). Oso Panda más cerca, más grande y cuando está pasando justo a mi derecha y estamos a punto de ignorarnos, los dos alzamos una palma, la chocamos y ¡slap!. Contacto.

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Thursday, July 13, 2006

Round 2

Será porque soy revanchera que me meto en estas cosas. Llamé, contra todos los pronósticos, llamé. El plan: ese tan argentino de comer algo por ahí. El Gran Oso Panda salió de su bosque de bambú y se acercó hasta mi cueva encantadora que olía a inciensos y a velitas multicolores prendidas por todos lados y a Sade Lover´s rock sonando en el fondo.
Sin demasiados preámbulos se repitió la secuencia. Cambio de sillón individual a fouton para 2, mano en espalda, mimo en pelo, beso en cuello, mordisco leve en hombro, grados Celsius en aumento, maquinaria hidráulica masculina en pleno auge, 100 % humedad ambiente y el árbitro pitando fuerte y sacando roja. Partido detenido, Charlotte de pie, camisa desabrochada, soutien a la vista, posición de jarrón (ambas manos en la cintura) y una declaración sin vuelta atrás.
-No me digas que son los forros de nuevo porque si es eso, arriba tengo un stock inagotable.
No era necesario ser mentalista o tener bola de cristal para percibir que ese no era el problema. A esta altura si de bolas se trataba eran las mías, las que no tengo y estaban al plato. “Tengo los huevos lacios” diría un ex alumno mío.
La explicación no tardó en llegar. Los forros tampoco habían faltado la última vez, como era de esperarse. Momento emocional complicado, relación anterior inconlusa, decisiones, sexo casual sí, esto no, imposibilidad, me gustás, estoy limado, no puedo seguir, quiero. Gran Oso Panda caminaba enjaulado enredándose en expliaciones.
Y en algún momento dejé de escuchar, creo que fue justamente en el mismo instante en que mi ego se puso de pie, enorme, recuperado, floreciente y ¿vamos a comer algo por ahí? Y, dale, vamos.
La comida de Sarkis, bien puede comerse con las manos y si las manos anduvieron recorriendo cuerpos ajenos hay que ir a lavárselas antes de comer para que no queden rastros, sobre todo si uno va a compartir una cena de amigos.

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Wednesday, July 05, 2006

Rara, como apagada



Y de repente podría aparecerme en su casa y montarle una performance. Algo del estilo Glenn Close; caerme así de rulo rubio, muñecas ensangrentadas y quedarme en un rincón por aproximadamente seis horas prendiendo y apagando la luz de un velador o bien fumando un cigarillo histéricamente en la cocina mientras el conejo hace ebullición. Ponele.
Hago un recorrido mental de la casa y recuerdo que el Gran oso Panda no tiene conejo para hervir. En la guarida del gran oso panda no hay ni conejo ni adornos ni llaves ni boletas de luz, gas o teléfono ni revista de Cablevisión tirada ni esponjas para lavar platos ni imanes en la heladera ni libros en la mesa de luz ni ropa apilada sobre una silla ni las llaves de casa fuera del cajoncito junto a la puerte de entrada donde deben estar. Ni forros, claro. Ahora lo entiendo, esa casa en es en realidad como un gran catálogo de Barugel y Azulay, Cuccina bella y un mini living imaginario montado en pleno Buenos Aires Design, toda utilería. Después me vienen esos recuerdos de cómo me acomodaba el pelo mientras yo me vestía. Un acomode de pelo como haría mi madre cuando encuentra que mi pelo está en su opinión desprolijo y no hay forma de explicarle que es el corte ma, se usa así. Lo hizo con un gesto de acomodate chiquita que tenemos que encarar al portero en planta baja cuando te devuelva.
Pero no me apersono, ni hiervo conejos ni nada de eso. Lo que sí hago es básicamente ensayar conversaciones imaginarias en mi cabeza donde soy astuta, rápida y locuaz y después recapitular las que tuvimos en el camino de vuelta en auto.
-Es que no daba que cogiésemos sin forro. No es que seamos novios o vengamos de una relación larga…
-Ah, no. A ver. Ni me des las razones por las que no da coger sin forro. Yo soy la primera neurótica con el tema. Ahora la cosa es, de haber tenido, seguíamos?
-Pero obvio nena, no me víste? Soy fóbico a las relaciones no al sexo. (Juro que dijo eso)
Y sí, yo había visto; visto y tocado pero nada me convence que ahí hubo gato. Y no solo un michifúz encerrado; una enorme pantera negra agazapada entre los zapatos alineados cromáticamente y las camisas almidonadas que lleva el Oso Panda a trabajar cada mañana.
Y después fantaseo con un plan Z que es llamar como si nada invitándolo a comer a casa una inolvidable comida preparada por mí donde lo veo caer irremediablemente a merced de mis encantos, casi ahogados en una noche de pasión nonstop y champagne que me gotea por la espalda. Patético. Erradico ese plan como la peor idea que se me ocurrió en en 2006. No, mejor, en años. Casi tan terrible como esa vez que decidí teñirme el pelo de marrón y me deprimí terriblemente hasta que se me fue con los lavados.
Lo rubio es así como adictivo, un camino de ida, no se vuelve atrás. El nivel de adicción a la rubiez en sus últimas consecuencias -algo así como el Trainspotting de la rubias- se ve en mujeres como Susana pero sin el glamour, platinadas y sin poder detener su carrera de peróxidos y aguas oxigenadas. Esa visión a veces me asusta y el miedo me mantiene en los dorados naturales, los mieles y en no armar escenas ni hervir conejos. Hasta en lo rubio soy medida.

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Monday, July 03, 2006

Y en el fragor del champán, loca reías, por no llorar

El Gran Oso Panda tocó insistentemente y ¿porqué no?, cariñosamente mi nariz durante la comida cuando yo hablaba y sugirió que un vaso entero de Vodka me dejaría de cama mientras me lo rebajaba con tónica y comentaba algo como “tú pelo no se puede creer” a la vez que lo acariciaba.
Después se desplazó desde su lugar al otro lado de la mesa y dejó que lo mime un poco con uñas en la cabeza y una rascada de espalda por encima de la remera. “Uh, uh, uh" ronroneaba el Gran Oso Panda.
Más tarde, en su auto, después de unos besos medios calientes declaró:
- Sos brava, vos, eh.
-¿Es que hay otra forma de ser?
- Es un elogio. No te hagas la cancherita, eh-.
Y siguió manejando con rumbo incierto, incierto por un rato porque enseguida reconocí el frente de su departamento. Ya en una cocina, después de manos y besos largos y remeras escandalosamente levantadas hasta las orejas y jeans a media asta que amenazaban con un tropiezo, el Gran Oso Panda me llevó de la mano hasta su guarida. (Hago en ese momento un escaneo tres sesenta del lugar. Cama hecha, ni un rastro de ropa, zapatos, toallas o nada que implique que alguien relamente vive en el lugar y una cama grande perfectamente estirada y con grandes almohadones, perfectamente colocados contra el respaldo). El Gran Osos Panda continua con la tarea de derretirme de a poco y cuando ya estoy a punto de caramelo o bien como el chocolate para el Charlotte, me mira a los ojos y dice:
- No vamos a hacer nada. No tengo forros. No pensé que iba a pasar esto.
Podría haberme parado en ese mismo instante y corrido frenéticamente en busca de un quiosco abierto, podría haberme ofendido terriblemente (el no pensó que iba a pasar eso y yo había ido a la depiladora en busca de media pierna y tira de cola la noche anterior), podría haber dicho algo interesante, inteligente, perceptivo, relajante. Pero no; simplemente me abroché el corpiño, el jean, me levanté y sonreí, así, rubia y fatal.

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Sunday, June 25, 2006

Ailurpoda Melanoleuca


Porque estoy convencida que cada vez que me digo ¿Cómo salgo de esta?, la vida tiene una forma rara de contestarme. El otro día en un encuentro casual de microcentro, después de un almuerzo, en una esquina (Bartolomé Mitre y Esmeralda) alguien dice: "Charlotte Sometimes, Juan Pérez" y cuando tres minutos después me despido caminando hacia Avenida de Mayo, alguien tira un número de teléfono al aire. Rubia, giro la cabeza y sonrío. No retengo números así en el aire.
Casi como un corresponsal de Nat Geo, que se esconde entre las ramas altas de un bosque de bambú en la China milenaria y cuando corre unas hojas se encuentra con el gran Ailuropoda Melanoleuca sentado mascando, esa especie que plaga remeras y merchandising y todos conocen como el Panda Gigante, veo al soltero de 39, sin hijos ni mujer ni ex mujer (pero probablmente con prontuario emocional importante) que me sonríe también y a las pocas horas me llama para comer esa misma noche.
El Gran Oso Panda me dijo “Sos tan Linda” mientras comía un matambrito tiernizado al verdeo, se dispidió con un “mañana hablamos”, llamó mañana y me acompañó en silencio por varias cuadras de Florida cuando nos volvimos a encontrar al otro día y después de despedirmos no pasaron demasiadas horas hasta que el teléfono volvió a sonar.
El Panda Gigante parece inofensivo entre la maleza, masticando inocentemente su brote de bambú pero para el ojo entrenado en especies en extinción, el peligro se ve en esos dientes que muestra disimuladamente mientras se entretiene con los tallos tiernos y entre la selva y las cañas que se mueven un poco con el viento juro que escucho que alguien dice Cuidado.

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